Hace ya casi 25 años, una tarde, que en el recuerdo brilla más que las hermosas tardes cordobesas de la época otoñal, caminábamos con Lucy entre la entonces Escuela Superior de Lenguas donde ella estudiaba y la casa de la hermanas adoratrices donde residía, entretenidos con la anécdota que su profesora de lengua española les había relatado en clase.

Lila acababa de regresar de España, donde había viajado con su hermana monja durante algunas semanas tras las huellas del Quijote y de sus ancestros, y contó aquella clase, que en ocasión de una de las excursiones en tren, iban conversando con su hermana cuando se percató de que uno de los caballeros sentados al frente de ellas las miraba con cara de asombro y de pronto tomando del brazo al que estaba sentado a su lado le dijo “Pepe, hablan otro idioma y les entiendo”

Más allá, de que hoy por muchas y distintas razones ya no repetiría el “qué bestias” que entonces entre risas proferí, y haciendo la aclaración de que quien entonces se asombraba del don de lenguas de las hermanas argentinas, no fue Francisco Eyre dirigiéndose a Pepe Madrid, quiero yo compartir con similar asombro esta otra expresión que pone en palabras lo que estamos viviendo en estos tiempos y lo que probablemente consista en uno de los actuales desafíos importantes: ¡Che, hablan el mismo idioma pero no les entiendo!

Así es, queridos hermanos. Parece un cuentito, pero estoy convencido de que es así. Además, al comentar esta impresión, me enteré de varias anécdotas que parecen ratificar y cuyo relato queda para otra oportunidad.

Pienso que uno de los factores que contribuye a esta experiencia de desafío comunitario, es el obvio pero no tan consciente hecho de que nos adentramos en un contexto cultural muy distinto al de nuestros orígenes; a lo cual se suma el hecho de que, al contrario de lo que ocurre cuando vamos a un país no hispano parlante, no venimos preparados para no entender … ¡porque hablamos el mismo idioma!

Cinco siglos y catorce mil kilómetros de distancia no han podido ni con el espíritu ni con el afecto central de nuestra cultura común, pero los modos de articulación y de expresión de esa cultura han crecido por caminos distintos. Decimos distintos y sabemos que no son distantes ni paralelos. Pero pasa como en casi todo reencuentro entre familiares o amigos que vuelven a estar juntos después de cruzar en la vida, algún puente significativo en distancia y tiempo, en el cual les ha tocado a cada uno estar en la otra orilla.

La historia común, la memoria, los afectos, las comunicaciones y los puntuales abrazos han mantenido viva la llama fraternal que reconoce una cuna y un destino común, pero hay ciertas cosas de la vida cotidiana que han acontecido sólo en la orilla del río en la que a cada uno le fue dado acampar. Y estas cosas, que cuando se da un esporádico, pero no por ello menos profundo encuentro, pasan o hacemos que pasen desapercibidas, pueden llegar a aparecer como asperezas a pulir cuando uno se vuelve a calzar el mismo yugo de la convivencia comunitaria.

Creo que no hace falta en esta oportunidad, entrar en detalles sobre los casos ni los síntomas que acompañan esta nueva realidad ya que todos en mayor o menor medida sabemos dónde nos está irritando el yugo. Y creo que sería buen ejercicio de caridad el tratar de fijarse dónde el yugo le está lastimando al otro.

Lo que sí me parece importante señalar, más allá de crecer en el conocimiento de los ideales que nos unen, es que este proceso de re-hermanamiento lleva tiempo, requiere de mucha paciencia, silencio, oración y honesta comunicación, y es una oportunidad extraordinaria para llevar a la conducta lo que de inmutable tienen nuestros ideales, porque han estado vigentes ya más de dos milenios y porque catorce mil kilómetros no son nada comparados con la cordada de la eternidad que signa nuestro peregrinar.

Adelante, adelante, hablamos el mismo idioma y nos asiste la misma lengua: ¡la lengua del Espíritu Santo!

Torrent, Octubre del año 2001

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