Dejando de lado la duda de que la historia del personaje cuyo nombre utilizamos para caracterizar este síndrome haya tenido realmente algo que ver con la tendencia a vivir en medio de la basura, no cabe dudas de que el gusto por acumular y habitar en la mugre es algo, no sólo repugnante, sino innegablemente enfermizo. Más allá de que la senectud venga en general acompañada por una cierta propensión a la falta de esmero en la limpieza, tal vez por incapacidad, tal vez por dejadez, tal vez por abandono, tal vez porque los viejos que no tienen propiedades a su nombre ya dejaron de ser negocio, tal vez . . .

Sin embargo, no parece que haya existido otra época en la historia de la humanidad en la que tan masivamente se haya cultivado el placer por lo mugriento, ni en la cual hayan cotizado tan bien los calzones sucio. La carencia del sentido del decoro es moneda corriente contra cuyo canto se ejercita la tolerancia de los que aún son capaces de distinguir un templo de una cancha, la decensia de la desfachatez y los medios de intercambio de la usura.

No nos referimos al hecho de que, quien más quien menos, si es humano necesita de cuando en cuando, de algún modo y en alguna medida, limpiar o que le sean limpiados sus calzones o quitados sus pañales. Esto es parte de nuestros rituales de higienización, no sólo desde que descubrimos que hemos de llevar las pudencias cubiertas, sino a partir del hecho natural de que el ser humano, por un lado nace prematuramente y por otro es capaz de gestar y convivir en entornos culturales donde la decencia tiene básicamente que ver con la higiene y el pudor personal, en el hábitat, en la indumentaria y en el habla.

Más bien, pretendemos referirnos a esa especie de diarrea intencionalmente provocada por el placer de ser objeto de la mirada ajena, aunque para ello deba degradarse quien en y ante los demás proyecta sus deposiciones. Y cómo no, también hemos de señalar su contracara, la maníaca costumbre de ventilar inmoralidades, esparciendo detritos ajenos, a todos los vientos y a toda hora . . . porque hay quienes pagan por ello. En el fondo, complementarias degeneraciones que obedece a la común intencionalidad en la cual se vinculan popodores, ventiladores y observadores de la bestial dejadez en la que se nos iguala.

Sin embargo, cómo sigue siendo cierto que la culpa no es (toda) del chancho, sino de quien le alimenta, este execrable espectaculo (sin posibilidad de acentuación) no tendría lugar a no ser por los incontables cacófagos que sostienen semejante tragédia, sometiéndose a cotidianas inmersiones en esos círculos dantescos en los cuales voluntariamente se prestan a que su inteligencia sea horadada desde el vórtice más bajo de su estructura.

Los carroñeros son incomibles. Además de apestar, tienen la cabeza y el cogote pelao, nos decía un hombre de campo. Pero aún estos bichos cumplen con una función dentro de la sinfonía ecológica de la creación: sirven para eliminar los despojos que en virtud de ellos se integran más rápidamente al ciclo natural.

La escena que estamos intentando considerar no tiene nada de natural. Por el contrario, es algo que se pergeña debajo del umbral de la naturaleza. Es algo contranatura que apropiadamente ni siquiera puede llamarse animalesco, porque definitivamente es un hacer infra humano que en cuanto tal más bien debería ser considerado como un padecer. Un especie de masoquismo a gran escala que se compra al mejor impostor y se vende al peor consumidor al precio de la convivencia políticamente correcta bajo el paraguas legitimador de la no discriminación.

La categoría misma de consumidor es lacerante de la dignidad humana. Al considerar al ser humano ni siquiera se puede hablar de consumidor inteligente, porque el ser que es inteligente no puede ser definido ni caracterizado como consumidor, aún cuando, en virtud de la elemental tendencia a la conservación de la vida debamos proveernos de bienes para uso personal entre los cuales hay algunos que se consumen, es decir que se transforman con el uso que les damos. Los alimentos se transforman en parte de lo que somos, y nosotros nos tranformamos según lo que ingerimos . . . no tanto por la boca como por los ojos y los oídos.

Invito al lector a que dedique unos minutos a considerar lo que se entiende por el síndrome de Diógenes y a leer algunas de sus causas o la descripción de casos afectados por esa dolencia. Después, por favor, trate de explicarse cómo es posible encontrar tantas coincidencias entre la descripción de esos diagnósticos y las notas que caracterizan al fenómeno de la telebasura. Creo que también le sorprenderá la contradicción de que un hecho se caracteriza como enfermedad mientras el otro es promovido bajo el lema de la libertad de información.

Sintéticamente, se señala como causa del SD, la poca educación, el solitarismo, la falta de integración social, la marginalidad, la imprevisión de los gobiernos, la falta de conciencia de la propia dignidad . . . ¡Vaya coincidencia!

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