Ocho y cuarenta,

la luna asciende

en rauda carrera

desde el levante

directa al cielo.

Ayer,

henchida de vientos,

desprendiose ígnea

desde ese lago moro

para esconderse luego

en nubarrones negros.

Hoy,

cual inmenso pomelo,

levita sobre el infinito,

subrayada por el confín

donde mar y tierra

danzan su encuentro.

Desde esta ventana

en las laderas del Vedat,

cual platea privilegiada

contemplamos a sus pies

los intrépidos colores

conque viste a la ciudad.

Eternamente la misma,

eternamente nueva,

el mismo rito,

nuevos tonos,

infinitos ojos,

Dios . . .

el tiempo,

el hombre,

la ciudad.

Valencia, 23 de octubre del 2002

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