bertoldo-reyBertoldo era sastre y vivía en una villa próxima al castillo del rey. Como no podía ser de otra manera, el rey solía requerir sus servicios cada vez que necesitaba arreglar sus reales vestidos, lo cual ocurría con frecuencia, ya que era un rey que siempre encontraba una excusa para ordenar que se organizara una fiesta.

Cada vez que era llamado por el rey, Bertoldo subía prontamente al castillo y allí se dedicaba a confeccionar nuevas vestimentas, cuando no le tocaba arreglar o rehacer trajes que había hecho para otras fiestas.

En una de las fiestas, el rey comió un poco de más y el botón que ceñía su camisa a la altura de la barriga se desprendió y salió disparado impactando en la cara de uno de sus invitados.

Un poco por efecto de las bebidas ingeridas, otro poco por su carácter y un mucho porque al fin y al cabo era el rey, el monarca reaccionó airadamente diciendo que le cortaría la cabeza al irresponsable que había pegado mal aquel volátil botón.

Por supuesto que al principio nadie sabía quién había cosido el fatídico botón, y como suele suceder, finalmente todos se acordaron del ausente Bertoldo, que a esas horas dormía con su familia en el muladar en el que habitaba.

Apenas asomaba el sol sobre las colinas, cuando un grupo de soldados, a la vista de toda la familia y ante los vecinos de lugar, arrestaba a Bertoldo a las puertas de su mísera casa, diciéndole que el rey lo acusaba de haber atentado contra la integridad de uno de sus invitados.

Llevado a castillo, Bertoldo fue interrogado por el rey para saber si él era el que había confeccionado la camisa que llevaba la noche anterior.

Bertoldo hizo un poco de memoria, más para ganar calma que por tener dudas, y viendo que no le quedaba alternativa alguna, reconoció que efectivamente él mismo había confeccionado la prenda hacía ya varias fiestas atrás, e intentando dar una explicación al fallo acontecido, agregó que desde entonces no la había vuelto a ver entre las prendas que se le daban regularmente para asegurarse que estaban en condiciones de ser usadas por su majestad.

El recurso no hizo efectos positivos en la furia del rey, quién mandó encerrarle para ser ejecutado el primer día de la semana siguiente.

Recuperada la calma después del susto inicial, Bertoldo empezó a caminar por la celda buscando en su cabeza alguna alternativa.

Al rato empezó a hablar en voz alta, lamentándose de que por culpa de un botón el pollino del rey nuca aprendería a hablar.

El guardia que estaba recostado contra el muro al lado de la reja, oyó a Bertoldo, y finalmente picado en su curiosidad, terminó por preguntarle si estaba delirando o ¿qué le pasaba?.

Bertoldo le contó con pena y detalle, como él tenía el don exclusivo de hacer hablar a los burros, y sabiendo que el rey había recibido uno de regalo en la última fiesta, había pensado en ofrecerle sus servicios cuando ocurrió la desgracia que ahora le tenía encerrado esperando el cumplimiento de la sentencia real.

–       ¡Vaya suerte la de Bertoldo, que pensando en darle una alegría al rey, ha terminado siendo causa de una imperial rabieta y de su inminente decapitación!

Esa noche el guardia le contó a su mujer lo que había ocurrido en la torre del castillo, y ésta, viendo una oportunidad de ganarse el favor de su majestad y por compasión con la prole de Bertoldo, mandó a Pierángelo, que así se llamaba el guardia, a que le contara al rey lo que había escuchado.

Pierángelo le contó al rey que se había enterado en el poblado que Bertoldo era el único hombre en la tierra capaz de enseñarle a hablar a un burro, y agregó, que habiendo recibido su majestad un burro de la hispania, sería una pena que se perdiera la oportunidad de mostrar al mundo cuán inteligentes eran los hombre de su reino ¡que hasta a los burros enseñaban a hablar!.

El rey, imaginando el orgullo que sentiría al presentar el animal parlante ante el invitado que, seguramente, no sin alusiones personales se lo había regalado, mandó llamar inmediatamente a Bertoldo a su presencia.

–       ¿Qué hay de cierto de lo que andan diciendo. Eso de que tú haces hablar a los burros? espetó el rey.

–       Su majestad, empezó diciendo Bertoldo, mucho me temo que ese don, en breve, se habrá perdido para siempre, y ya ningún rey tendrá la oportunidad de escuchar los consejos de un animal siempre reconocido como el más sabio cuando tiene la posibilidad de hablar. Como Usted sabe, por sentencia de su majestad, estoy esperando mi hora final.

–       Bueno, bueno, dijo el rey, si mi burro habla tu cabeza permanecerá en su lugar.

–       Pero, su majestad, el burro que a usted le han regalado, que es precisamente de la raza que mejores consejos da, es sólo un pollino, y además para enseñarle a hablar hace falta mucha dedicación y tiempo.

–       ¿Cuánto tiempo te hace falta para hacerlo hablar?

–       Dos años, su majestad, contestó claramente Bertoldo.

–       Sea pues, ¡dos años tenéis!, sentenció el rey.

–       Su majestad, no olvide que además de los dos años, está la cuestión de la dedicación exclusiva al burro; y mi familia durante todo ese tiempo necesita comer. Ocupado con el burro, yo no podré proveerles del sustento diario.

–       ¿Cuántos son en tu casa? Preguntó el rey.

–       Doce su majestad, dijo Bertoldo, sumando su mujer, su prole, sus padres ancianos y el perro.

–       ¡Doce monedas de oro te sean dadas!

–       Recuerde su majestad que dos años pasan rápido, pero es mucho tiempo para dar de comer . . .

–       Está bien, dijo impaciente el rey, doce por cada año son veinticuatro y ni una más. Y recuerda que en ese tiempo quiero hablar con mi burro. Y se levantó dando por terminada la sesión.

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Así Bertoldo fue liberado quedando al servicio exclusivo del rey. Bajó  caminando hasta su casa, acompañado de un paje de la corte que llevaba las  veinticuatro monedas de oro para la familia.

Al llegar a su casa, los integrantes de la familia lo recibieron con una  expresión  en sus rostros que les revelaba incapaces de terminar de  decidirse por la alegría  o el espanto.

El paje entregó la bolsa a la mujer de Bertoldo y éste explicó, a su familia y  a los  curiosos que se habían dado sita, el trato que había hecho con el rey.

Su mujer, cubriéndose el rostro con las manos, exclamó: ¡Estás loco  Bertoldo!,  e ingresó al muladar arrastrando consigo a los más pequeños de  la prole.  Bertoldo la siguió, y ya dentro, su mujer se volvió diciéndole  ¡inconsciente! ¿qué  vas a hacer ahora? ¿vos enseñarle a hablar al burro del  rey?.

–       Tranquila mujer, dijo Bertoldo. En dos años puede que yo muera de  muerte natural, y eso sería más digno que morir ahorcado por un botón.  En dos años el rey puede morir de muerte natural o de un atracón. . .

En dos años. . .  el burro se puede morir. . .

Y ¿quién dice que no?,  en dos años . . . ¡tal vez el burro aprende a hablar!.

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