Descendimiento Van Der WeydenHoy se celebra en Torrent la noche del descendimiento. Anoche  se representó el encuentro con la Verónica.

Como parte de las celebraciones de la Semana Santa torrentina,  cada día de esta octava, cientos de personas de todas las edades,  reunidos en una veintena de hermandades de encapuchados  “penitentes”, marchan a rítmico paso durante horas por las  calles del poblado con su música, sus emblemas y también sus  movilizantes silencios.

El eco de la eternidad en el tiempo y los ecos de la historia en el  presente, se conjugan para manifestar en el continuo de las  procesiones, la sorda carga de la pena dolorosa pero pasajera y  el éxtasis de la esperanza imperecedera en un encuentro, donde el Rostro del Eterno quedará para siempre impreso sobre el lienzo de nuestras almas.

Simón de Cirene, Jesús y la Verónica en el centro de la escena. Entorno, la masa de la que Jesús tuvo conmiseración pero por la cual al Calvario se encamina. Un poco más allá José de Arimatea, el hombre que tuvo piedad del Hijo de Dios, a la espera.

EncauchadosSi alguien duda que la música puede llegar a ser el lenguaje del alma y no ha experimentado aún su capacidad para des-cubrir los distintos estados interiores, no tiene más que caminar detrás de alguna de estas procesiones y dejarse adentrar en la poderosa armonía que a la luz de los cirios, se articula con los sones del sencillo entramado de tamboriles y bronces.

Pero la intensión que dispara estas líneas, nace de la contemplación y llama a considerar algo que está en la raíz de estas manifestaciones culturales, sobre cuya significación e interrogantes nos ocuparemos en otro momento, si Dios nos dispensa esas Gracias.

En la articulación cultural de los ciclos naturales que mentamos al referirnos a la cultura occidental, este tiempo ha sido reservado para poner a nuestra consideración el acto central del advenimiento del fin de los principios, o el principio del fin. Esto es, se despliega en estas jornadas, para que quede ante nuestra mirada y para su contemplación, la puesta en escena del preludio al último capitulo de la historia: el de la consumación de los tiempos. (cosa muy bien comprendida por el enemigo, esto del fin de la historia, y que, por ejemplo, en orden al escamoteo contemporáneo de su significación se presenta como epígrafe de la complicidad actual, de la mano de sus dependientes de turno).

CornoComo en todo real hecho histórico y además, nada más ni nada menos que  por ser este que deseamos señalar el hecho histórico fundante de todos los  hechos históricos factibles, el centro, el verdadero centro no está en los  acontecimientos ni en las circunstancias, sino que el centro de los hechos  históricos lo constituyen siempre personas.

A pesar del tremendo esfuerzo realizado por la imaginería desacralizante y  toda la pléyade mediática, en orden a la reducción del misterio al enigma, la  realidad trascendente y trascendental del Nazareno no se puede esconder  como no se tapa el sol con la mano. Jesús el Cristo es el Señor de la historia,  mal que le pese a quien bien no le caiga. Y todas estas manifestaciones  mientras conserven los caracteres que las hacen reconocibles como lo que  son, no pueden perder el elemento de piedad mínima que da sentido a su  realización. El día que el calafateo folclórico deje de apoyarse en y de  manifestar de alguna manera el hecho del cual proviene el poder de estas  anunciaciones, ya no nos será posible reconocer a qué nos referimos con  nuestras palabras, e inmediatamente fenecerá o se polarizaran las expresiones humanas en las antípodas del misterio. Cosa imposible por imposibilidad metafísica, pero en cuya dirección no se escatiman esfuerzos. Ese día, según la promesa no llegará mientras haya un justo en la ciudad.

Pero el Verbo hecho carne, no sólo es el Señor de la historia, sino que, cuando contemplo la realidad que se me presenta, veo que si algún nombre tiene significación para mi como hombre con un determinado nombre y no simplemente como un espécimen más del género humano, ese nombre es el de Jesús.

Jesús no vino a salvar a la humanidad. Jesús no murió por los hombres. Jesús no resucitó para que no pereciera el género humano en su babélico empecinamiento. Jesús marchó con la cruz a cuestas hasta el calvario, se dejo clavar en ella, entregó su espíritu al Padre y fue por el Padre resucitado, todo ello por una persona, por cada hermano suyo. Y si no es así, pues Dios no es Dios.

No hemos dicho sólo por una persona; primero y principal porque una sola persona es impensable, el mismo concepto de persona, como el amor, implica el singular y el plural. Sino que la pasión fue, de alguna manera que escapa a nuestra nublada entendedera, realizada por cada uno de los seres humanos y por la creación entera en su conjunto a la vez. Las palabras se manifiestan realmente cortas sino fuera por la posibilidad que implican de conducirnos amablemente más allá de ellas mismas hasta el silencioso reino de la verdad en el que, aunque no podamos traducir en palabras lo que nos es dado, podemos ver que lo real es así. Quisiéramos ser capaces de explicarnos de manera tal que fuéramos rectamente entendidos, si esto no fuera en cierta manera una pretensión que llega a los límites de lo esperable. De todos modos y por ello mismo lo intentaremos. No es que pensemos que con la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Cristo no haya tenido lugar en la historia el hecho que precisamente posibilita su compleción en el sentido creacional. Todo lo contrario. Lo que, deseamos señalar es que para que ello sea real y por ende realidad personal, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Cristo deben haber sido incardinadas en la historia de la humanidad bajo el título de nombres personales concretos. Es decir, Jesús, nació, vivió, sufrió, murió y fue resucitado por mi. Si mi nombre particular o si tu nombre concreto y realísimo, no forman parte de la esencia de la pasión cristiana, tu y yo somos una ilusión helénica o una fantasía de hollywood. Sin embargo, realmente hay una madera santa y es la Cruz; y en esa Cruz constan tu nombre y el mío, tallados, no por nuestros méritos, sino por Su amor.

Y esto no es un enigma. No es un enigma porque sabemos que es así. El enigma es lo que no sabemos qué es. Esto es un misterio: el misterio de los misterios. El misterio en el que se muestra con total claridad que tiempo y eternidad no se contraponen, sino que se articulan. Se articulan de la misma manera que el Creador lo es para cada creatura. De la misma manera que el Dios cuyo Nombre apareció como impronunciable para todos los pre-cristianos, se convierte con Jesús, para cada hombre, en el Dios que responde al nombre de Padre. Lo absolutamente otro, el desconocido por antonomasia, se hace con Cristo, entre un pesebre lleno y una tumba vacía, el más próximo en el más radical de los sentidos. La substancia singular de la pluralidad personal.

El peso de mis viciados pasos fue peso en su Cruz; y si no es así, vana es la esperanza que El mismo nos regala y falso el amor que nos ampara.

¿Cómo soportar sin Su Gracia el escándalo de que haya alguien a quien legítimamente pueda dirigirme diciéndole  “Señor mío y Dios mío”? ¿No sólo que pueda, sino que convenientemente deba llamarle Padre? ¡No sólo que le llame, sino que El responda por mi y por mi nombre hasta más allá de la muerte! ¡Y nada menos que con Su muerte! ¡Su muerte por mi eternidad! ¡No sólo que yo le llame, sino que El me haya elegido antes!

La pasión de Jesús no culminó en la Cruz. El misterio de la pasión de Cristo empieza en la Cruz. Y a esa Cruz mis pecados le sujetan y de esa Cruz también mi nombre cuelga. Y mi nombre baja a los infiernos con El y con El resucita de entre los muertos.

¡Jesús resucitó por mí; y sin ello no soy! Sin resurrección el acto de la Creación estaba incompleto por rebeldía del hombre: una convocatoria sin pasaporte. La resurrección de Jesús es la clave de bóveda de la creación completa. Y en esa clave de bóveda está tallado desde toda la eternidad mi nombre, y el Padre ha puesto en mis manos el cincel para que con Sus mazazos por toda la eternidad mi nombre tenga la posibilidad de ser.

¡Ay de mí si mi nombre en el pedernal no consta cuando la hora de la muerte llega!

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