Transcurrían los años de plomo aplanando las memorias de las gentes y en las polvorientas calles de un pueblo casi medieval, tan cerca de La Escuelita y tan periférico al curso de la historia oficial, me perdía esa mañana deambulando acorralado por una rabia perpleja cuando una aparición argentea me interpeló como flor entre el pedregal Don Zacarías el bueno.

Al recordar, veo en mi memoria, sobre el fondo de la cotidianeidad malagueña, una figura con la dignidad de una obra de Miguel Ángel en equilibrio dinámico de una escultura de Miró. El atuendo apenas superaba el mínimo de un conjunto Ombú, herencia de las canteras, las alpargatas zurcidas por Ña Diadema y un simple sombrerín de paja, que más coronaba su humildad que cubríale la cabeza del achicharrante resplandor. Completaban el sobrio arco añejo, una bolsa para el pan tejida con tiras de sachés en la izquierda y un palo de rosa del jardín de la Iglesia para apoyar sus pasos en la diestra.

Aquella mañana, sin haberlo percibido, como una diminuta catedral erguida bajo el único aguaribay de la esquina, me estaba esperando el bueno. Mano sobre mano apoyadas en el bastón, bolsa y sombrero colgando dellas. En mis delirios de Robin Hood, le habían tocado algunas chuletas. Yo no lo sabía. Días antes en similares circunstancias le había cedido el paso. Yo no había reparado en ello. Pero hoy, vaya a saber por qué gracia, detuve la marcha con el saludo.

–   Gracias mijo, va por buen camino. Un poco apurado tal vez pero eso ya va a pasar.

–   De nada Don Zacarías. ¿Cómo anda Usted?

–   Para saber cuánto vale el que a uno le cedan el paso hay que haberlo cedido cien veces, me dijo.

No mucho más intercambiamos en aquel encuentro. Las palabras habían quedado sembradas en el único lugar que las cosas importantes encuentran cobijo. Él siguió su camino y yo el mío. Pero desde entonces supe que mi ángel de la guarda se llama Zacarías y que andamos un mismo sendero.

Al parecer para saber el verdadero valor de la rueda hay que volver a inventarla. Tal vez no todas pero alguna rueda hay que volver a inventar, y que ruede, porque de inventores de ruedas cuadradas está la historia empedrada. Parece que no es posible saborear el real valor de algo sin haberlo parido. De lo contrario el humano asume que su realidad es lo normal, lo que corresponde y lo que le corresponde. Damos por sentado el ser querido, que nos cedan el paso, que nos hayan regalado y que nos sostengan en la existencia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: