Pagar con la misma moneda es una costumbre tan arraigada que al parecer, la mayoría de nosotros ni siquiera se da cuenta de lo que está haciendo ni de las consecuencias que acarrea mantener la paridad en este terreno. Y si nos damos cuenta nos parece lo más lógico y hasta justo.

Hay mil argumentos reforzados desde casi todas las dimensiones de nuestra cultura cotidiana que nos hacen creer que el “ojo por ojo” es lo normal y hasta lo que corresponde. El ojo por ojo ha llegado hace rato a ser patrón de paridad de nuestra noción de justicia, sobre todo desde que se ha introducido el dinero como medio de reparación y en particular desde que se ha desarrollado el nefasto sistema de recompensa monetaria que implican los seguros que pretenden ponerle precio a daños materialmente irreparables.

Piense por un momento en la siguiente expresión: seguro de vida. ¿Qué cosa más estúpida puede pretender el hombre que cobrar por su muerte? ¡y además paga para ello mientras está vivo!

Para morir bien hay que haber vivido bien, y ello no tiene nada, nada que ver con el dinero. Tal vez la Madre Teresa de Calcuta pueda servirnos de referencia, o cualquier otro criollo bien nacido de los que Gracias a Dios todavía abundan en estas tierras.

Sin embargo, cuando se señala que en tal o cual caso se está aplicando “el ojo por ojo” la atención del oyente se polariza y aparecen argumentos para racionalizar o justificar las pretensiones: “no yo no le estoy haciendo lo mismo que él me hizo, lo que busco es que se haga justicia” o “si lo dejo pasar, no sólo se sale con la suya, sino que mañana le hará lo mismo a otro”. ¿No le suenan familiares estás afirmaciones?

Nunca se puede estar seguro de cuál es la moneda con que nos han pagado. Yo digo que estoy seguro de la moneda con la que he cobrado pero no puede estar 100% seguro que es la misma que salió de la mano del otro. Porque, si yo creo que me han pagado mal por bien, debo prestar atención al primer hecho del que dispongo: esto es, soy yo el que lo cree así.

Por ende, la opción de mínima que tenemos es cambiar nuestra creencia, aunque más no sea pensando que “no hay mal que por bien no venga”, como sentenciaban nuestros abuelos.

Si algo me hiere es porque no he estado a la altura de las circunstancias para recibir el golpe: fui roble cuando tenía que ser sauce.  Lo más probable, ya que los peores golpes son los que nos hieren el orgullo, es que no tengamos la suficiente humildad para aceptar que nos hemos equivocado, al menos en la disposición para aceptar lo que sucedió: no estábamos preparados para perder esa jugada. En definitiva, aún no he aceptado que la muerte es lo único seguro, ni he definido para qué voy a usar el tiempo que me queda hasta que me digan adiós. O lo que tengo planeado no es lo correcto: porque si con un segundo puesto me pongo loco ¿qué me va a pasar cuando me llegue el premio?

Suponiendo que esté en lo cierto, que efectivamente me han devuelto mal por bien, que no ha sido un accidente, una confusión, algo fortuito, aún así me equivoco al otorgar poder a algo que no me hace bien y que de suyo no tiene ningún poder. El mal sólo tiene poder cuando se lo damos. Lo que realmente nos arruina la existencia,  no es el daño físico, sino el daño moral.  Ahora para que un daño afecte mi vida a tal punto de no dejarme vivir en paz, tiene que ser un daño moral y para que ello ocurra siempre hace falta algún tipo de consentimiento de mi parte: “la víctima”.  Sin la mentalidad de victima el mal moral no tiene sustento.

Piense en el que luego fue declarado San Esteban: lo estaban matando a pedradas y él rogaba a Dios para que sus ejecutores fueran perdonados “porque no saben lo que hacen”. Piense en Sócrates que mientras bebía la cicuta aconsejaba a sus amigos “obedecer las leyes de la ciudad, porque una ciudad sin leyes ya no es tal”; las mismas leyes por las cuales a él lo condenaban. Mire a su alrededor si estos casos le parecen muy lejanos. Seguramente encontrará en su familia o en su vecindario algún abnegado que sobrelleva con una sonrisa una cruz ante la cual nosotros temblamos con el sólo hecho de imaginarla. Aunque algunos de esos abnegados son habitualmente considerados tontos, por no usar el lunfardo común entre nosotros. Mientras, por otro lado es también muy cierto, que debajo de todo gabán hay una cruz y detrás de la puerta de cada alcoba un bosque de cruces. Sólo los humildes dejan que la cruz se les vea ¡qué problema van a tener si para ellos la cruz es percha! La tapamos con pieles y vestidos de marcas reconocidas los que por orgullo nos quedamos con una cruz sin Cristo como carga y propia faena ¡Mi cruz!.

Fíjese por ejemplo en los niños, o recuerde cuánto le duraban a usted cuando era niño los efectos de un golpe. El moretón no duraba tanto como ahora, pero el dolor y la memoria de ese dolor se esfumaba apenas había algo para seguir jugando. ¿Nunca vio a un niño levantarse después de un golpazo y seguir jugando? ¿o seguir jugando cuando aún no se le han secado las lagrimas? Sólo los adultos (adulterados) seguimos llorando aún años después de que del hematoma ya no hay ni rastros. No por malos, sino por sonsos. Antes de llegar uno a ser malo, es decir de intenciones torcidas, uno tiene que pasar mucho tiempo siendo sonso, mucho tiempo echado sobre alguna cómoda tablita.

El primera paso del sonso es entrar en el juego torcido de otro, a sabiendas o sin saberlo. Embaucadores nunca faltan y hasta compiten por el raiting… que le damos nosotros… los que jugamos de sonsos…  al menos hasta que nos enviciamos y empezamos a creer que el raiting es nuestro. De hecho empezamos a jugar de sonsos sin saberlo y nada más ni nada menos que para que se reconozca nuestra presencia, para ser parte del juego, para sentirnos queridos, para ser uno más de la manada. ¡Yo también quiero un mordisco de manzana! O una tajada de queso, luego…  que más da si el queso está podrido y la manzana llena de gusanos, o si para acceder al queso le tengo que vender el alma al diablo. Todos lo hacen… ¿qué van a pensar si yo no lo hago? ¿qué pensarán si yo no miro televisión?

En general, no podemos aprender a ser malos de entrada, pero sí aprendemos rápidamente a ser sonsos: a jugar a la víctima y al victimario; a jugar y a manipular los sentimientos propios y ajenos. Muchas veces, cuando la caldera explota, ya no quedan recuerdos de la fogata que le dio presión o de las aguas turbias que taparon sus cañerías.

Conocí a un hombre; un amable campesino que se había venido a “vivir al pueblo” y al que yo veía y saludaba casi todos los días al salir de la escuela al mediodía. El acostumbraba estar sentado en el banco al frente de su casa. Don Fiorito, me contó  en algunas oportunidades que le dolía el píe. Pero cuando me decía esto, el pie le había sido amputado con su pierna derecha, hacía ya seis meses. No puedo negar que sintiera el dolor, es más estoy totalmente convencido de que realmente sentía dolor en su pie. Pero es obvio que algo no estaba en su lugar, y no era precisamente el pie lo que no estaba en su lugar, por el contrario, el pie seguía subjetivamente en su lugar y por eso él  podía sentir dolor.  Lo que parece que no había logrado el buen Don Fiorito, era ajustarse a su nueva realidad. Nada podía hacer respecto a aquel robusto compañero que le había servido durante tantos años, con el que de pequeño había ido caminando a campo traviesa a la escuela, con el que había montado tantas veces a caballos, con el que había manejado máquinas, dominado animales y se había parado ante la gente. Probablemente se sentía culpable de haber abusado de él, de no haber cuidado su cuerpo, etc., puede que se sintiera resentido por haber tenido que trabajar desde la más tierna edad o que sintiera que ahora, justo ahora que, a pesar suyo y por los ruegos de la “vieja” se había jubilado, justo ahora se quedaba sin su pie.

¿Quién sabe lo que realmente le dolía…  en el corazón? Las probabilidades son tantas como tantos seres humanos hubo, hay y habrá. Por eso cada uno ha de encontrar la solución a su problema en el momento que le toque. Sin embargo hay cosas que valen para todos. Somos tan distintos que nos parecemos más de lo que creemos. Lo más seguro es que fuera alguna negación de amor lo que le dolía ahora al cabo de los años en lo que era su “talón de Aquiles”: no haber dado o recibido el amor necesario en el momento justo.

Por otro lado, siempre buscamos prioritariamente las evidencias que confirman nuestra percepción y la percepción es siempre selectiva. No hay forma de ver todo lo que hay para ver, y el que lo ve todo, ya no sufre por nada. Si no me cree, pregúntele al finado Catela, como decía el Chito Penna.

No podemos negar que muchos de los vivientes hemos pasado por experiencias turbadoras y aún denigrantes. ¿Pero que podemos hacer sobre los hechos que ya no se pueden cambiar?

Cambiar nuestras emociones presentes sobre las experiencias pasadas parece la única alternativa razonable. Esto no es fácil, es decir no es más difícil que alimentarse correctamente: requiere determinación y constancia, carácter y disciplina, actitud de bienvenida al cambio y conciencia de destino. Vivir en presente el presente transcurrente. Pero lo más común es que vivamos de alguna manera atados al pasado o determinados por el futuro, mientras el presente se nos escapa de las manos regando una vez más las hojas secas de lo que ya no es o las imaginarias raíces de lo que no sabemos si llegará a ser. Es como alimentarse con comida digerida o con comida virtual. No es posible satisfacer el hambre y la sed de hoy con el pan y el agua del ayer, ni con el mana que tal vez llegue a caer del cielo de un día al que no hemos visto el amanecer. La vida transcurre en presente. El pasado es lo que somos y el futuro fruto de lo que hacemos. El mañana es lo que hoy hago.

Una de las alumnas más brillante que he tenido, Seas, sufría trastornos psicológicos desde pequeña y nunca había podido encontrar remedio a sus dolencias. Lo mejor que había logrado por medio de terapia, era convencerse de que ella “era así”. Tenía veintidós años, una capacidad intelectual sobresaliente y un problema que no le permitía vivir en paz.  Al concluir sus estudios universitarios decidió retirarse a una granja para hacer una revisión de vida y ver si podía salir del infierno interior en que había transcurrido la mayor parte de su joven vida. Luego de seis meses de tratamiento y profunda vida interior, empezó a recuperar la memoria de su infancia que había quedado bloqueada a los 9 años. Nada recordaba de lo que había vivido antes de los 9 años, sólo sabía lo que su madre le había contado. Durante su retiro, cada día hacía un viaje hacia su pasado y cada día recuperaba algo de la memoria de aquella época. A los veintidós años pudo tomar conciencia de la raíz de sus problemas. El bloqueo tenía su origen en un trauma que debió resultar insoportable y ante el cual su organismo, para poder sobrevivir, había reaccionado bajando la cortina a esa etapa de su existencia.  Había sido violada en reiteradas ocasiones por su propio padre, entre los cinco y los seis años de edad.

Dice una de las parábolas contadas por Jesús que cuando uno encuentra un tesoro, vende todo lo que tiene para poder hacerse con el tesoro tan deseado; y también es cierto que cuando uno tiene una espina suficientemente dolorosa, deja de hacer todo lo que está haciendo y se ocupa de librarse de la espina. ¿Me pregunto si no hay alguna relación que deberíamos entender entre lo del tesoro y lo de la espina?

Se cuenta que andaba con su burro un misionero por los valles de Traslasierra y le pareció oír un llanto animal. A medida que avanzaba hacia el montesito al que lo llevaba el sendero se fue haciendo más nítido el llore de un perro. Finalmente llegó frente a un rancho, saludo y desmontó. El viejito le dio la bienvenida sentado bajo el sauce: tenía a un lado el mate y un bastón y al otro un can echado que de tanto en tanto emitía un lastimero y sonoro aullido. Después de aceptar la invitación y un par de mates, enterarse que el viejo estaba esperando a unos de sus hijos para comer una asadito al caer de la tarde, el frate no se aguantó más y preguntó:

–  Don Isidoro ¿por qué llora el perro?

– ¿Ve la tablita sobre la que está echado? Pues tiene un clavo…  pero se ve que al sonso no le duele lo suficiente como para levantarse . . .

Si a Usted algo le duele y aún no se mueve del sitio donde está, podría preguntarse ¿Cuál es la tabla sobre la que, tal vez por comodidad estoy echado?

Pero, ¡vaya la espina que encontró Seas! ¿Hay forma de librarse de ella? ¿qué haría Usted en su lugar? o ¿qué ha hecho? Ya que de hecho no es el único caso y puede que no sea el peor. Aunque yo pienso que ese tipo de casos repugna toda conciencia de humanidad.

Pues lo que la gran mayoría más o menos hacemos es:

a)    Negar lo que nos pasa, o decirnos “viste, yo sabía que algo me tenía que pasar”

b)    revelarnos contra nuestro destino, ¿por qué justo a mí habiendo tantos hdps?

c)    odiar nuestra existencia,

d)    suicidarnos o comenzar a llorar,

e)    buscar consuelo,

f)    aceptar,

g)    seguir viviendo.

Sin embargo puede que el tesoro tenga precisamente algo que ver con esa espina. No es que debamos andar a la búsqueda de caminos montarases para que se nos clave alguna espina y así tener motivo de llanto, aunque hay muchos que hacemos precisamente eso: nos hacemos los locos para poder quejarnos después de que nos ponen el chaleco.

¿Es realmente posible que la espina sea el camino al tesoro?

Sí, creo definitivamente que sí; y en diferentes grados todos o casi todos, tenemos que sentir comezón de alguna espina para ponernos a buscar nuestro tesoro. Es más, pienso que si hay alguien al que nunca, nunca le dolió nada en el sentido en que venimos hablando, ese ser está humanamente muerto.

Es parte de la naturaleza humana el descubrir las cosas por experiencia y toda experiencia siempre cuesta algo: es decir, si una experiencia vale algo es cuesta arriba, porque lo que con el agua viene el agua se lo lleva. Descubrir es sacar el manto que cubre algo, abrir lo que está cerrado, correr el velo bajo el cual está la posibilidad de conocimiento. Sino, pensemos por ejemplo: ¿cuándo y cómo aprende la mayoría de los mortales, el valor de la salud?

¿Hay otro camino? ¿Hay forma de romper este círculo? o es que siempre debemos “enfermar” para poder saborear lo maravilloso de la salud.

Sí y no. No existe la realidad en blanco y negro aunque los extremos que estamos mostrando sean puntas del mismo palo y al levantar uno estemos moviendo necesariamente también el otro extremo. Pero una cosa es mover el otro extremo y otra muy distinta golpearse con él por no haberlo previsto.

Sí, porque para saber el verdadero valor de la rueda “hay que volver a inventarla”. Tal vez no todas, por lo menos para quien va camino a la sabiduría. Pero alguna rueda hay que volver a inventar, y que ruede, porque de inventores de ruedas cuadradas esta la historia empedrada.

“Gracias mijo, va por buen camino. Para saber cuánto vale el que a uno le cedan el paso hay que haberlo cedido cien veces antes”, me dijo una vez Don Zacarías, Parece que no es posible saborear el real valor de algo sin haberlo parido; de lo contrario el humano asume que es lo normal, lo que corresponde. Nos parece de cajón que nos quieran, que nos cedan el paso, que nos regalen la existencia.

“¿Por qué tienen que quererte? ¿qué te falta a vos que necesitas que te quieran? ¿no podes ver que te quieren? Te dieron la vida, tenes un trabajo, una esposa, hijos, amigos… Vos tenes que hacer lo que viniste a hacer y en todo lo que hagas, tenes vos que querer… en una de esas tenes suerte y te quieren en la medida que esperas… pero sino ¿cuál es el problema?” me dijo en una ocasión un psiquiatra. Una forma de expresar el complemento de lo que El Viejo Pérez nos decía en clase una vez “¿y si el negro no se deja querer? ¿qué vas a hacer chango? ¿bautizarlo a los sopapos No, si no te queres tragar la ponzoña…  querelo así nomás como es.”

Pero la experiencia me dice que no tengo la menor idea del regalo que es la vida, ni lo maravilloso de mi vida, si no he tenido que darle vida a algo y a alguien. No sabemos lo que tenemos hasta que no corremos el riesgo de perderlo. Por esto también, la meditación sobre la muerte es camino de sabiduría: es el puente por donde pasa la ruta de la vida. No sabemos lo que es ser padre hasta que no hemos tenido un hijo, y en estos días ya casi nadie nos enseña a ser ni lo uno ni lo otro. Pero podemos aprenderlo, de eso que no quepa la menor duda: de la mano de los abuelos que son los que con suerte ya aprobaron los dos parciales.

El ser objeto de verdadero amor de parte de otro es un milagro, no hay razón para que ello suceda por más tendencia natural que amar al otro sea. Las tendencia naturales en el hombre están sujetas a su inteligencia y a su voluntad, no se imponen, se despiertan y orientan. Si se impusieran no tendríamos libertad. La otra punta del palo de la libertad es la responsabilidad.

La idea romántica de la bondad natural de los aborígenes es una estupidez de novela, tan estúpida como el barbarismo desmadrado que postulan los de la otra vereda. Si tenían bienes culturales, que no cabe duda los tenían, era por haberlos conquistado a fuerza de tropezar generaciones y generaciones con la misma piedra y cansados de hacer papelones empezaron a hacer caminos, es decir a enseñar a otros lo aprendido. ¿Caminos para no hacer papelones?. No, creo que no sólo para ello, porque sino, ¿a dónde nos llevan esos caminos cuando habiendo perdido su original derrotero, nos quedamos con que su único justificativo es salvaguardar nuestro ego?

El hombre nace en pelotas y la primera vez que hace algo por sí mismo se las engancha en el entrevero. No tiene otra forma de descubrir la conveniencia de usar taparrabos. Lo que le avergüenza no son sus pudencias al descubierto sino su torpeza: el hecho de enganchárselas en el primer enredo. La herida que más le duele es la del orgullo. Por eso el pudor es bueno y no siempre un desnudo es falta de pudor.

El pudor o su falta, no están en el cuerpo, sino en la mente que lo expone dándole una forma y en los ojos que lo ven completando con su acto esa misma forma. La falta de pudor procede de una perdida de distinción y de la eliminación de la natural distancia que requiere cada ser para ser lo que es. Es una caída, una degradación de la realidad, en la que se elimina un ámbito de convivencia y se reducen los seres a objetos con intenciones distintas a las que corresponden. El pudor existe en función de la vida que preserva, por eso en los extremos vitales el pudor queda supeditado a la continuidad de la existencia.

Todo verdadero encuentro es como una danza, tiene ritmo y equilibrio, hay un rito, es decir, tiempos y espacios propios, piedad, pudor, decoro, sentido del honor. Ese tiempo y ese espacio no pueden ser invadidos por nadie ni por nada extraño a lo que está aconteciendo, ni a los que están “danzando” sin que haya una perdida de nivel y por ende una falta de pudor. “El que toca nunca baila” y el que mira, ni toca ni baila.

Podemos elegir la manera de ver porque está en nuestras manos la manera de mirar, y podemos optar por mirar “lo invisible a los ojos”; aquello que sólo se mira y se ve con los ojos claros del alma. Para los ojos claros del alma no hay noche oscura que no tenga un destello estelar que sostenga la mirada. La misma idea de la noche oscura implica al alba clara. No es y no puede ser al revés. Hay noche porque hay amanecer, sólo al hombre le cabe pensar que puede haber luz porque hay oscuridad. Lo que hay es luz, más o menos luz; a la falta de luz llamamos oscuridad y no llamamos luz a la falta de oscuridad. Cuando hay luz, hay luz y cuando hay oscuridad es porque falta luz.

La noche oscura empieza cuando uno toma conciencia de la cantidad de luz que hay para dejarse iluminar y empieza a sentir que ya no es capaz de soportar las penumbras de su egoísmo. Esto lleva al poeta a suspirar en un primer momento “feliz la piedra insensible que no puede ni soñar  . . .” y si es verdadero poeta con el tiempo ha de escribir otros versos… porque no puede dejar de soñar, ni puede dejar de despertar.

Y los ojos del alma empiezan a “espejarse” cuando “las vistas” han sido regadas por algunos llantos sinceros y las laderas aparecen curtidas por el sol y labradas por las aguas marinas y salobres que surten con el trabajo a donor. Sangre, sudor y lágrimas hacen de la risa una bendición y del rostro la estampa viva de labrador: facia rusticana, al decir de Dante, lo contrario del amaneramiento citadino que se postula como modélico hay en día.

Aparentemente podemos ver el mismo bloque de mármol blanco que vio Miguel Angel antes de tallar la Piedad, pero ver la Piedad antes de tallarla… ¡ah, eso es otra historia! y también es otra historia la Piedad que vemos después de tallada. De allí la respuesta de Miguel Angel a la pregunta ¿cómo hizo para hacer una escultura tan bella, Don Miguel?, – “saqué afuera la forma que había en el interior de la piedra”.

Es un milagro cuando dos seres humanos llegan a ver la misma realidad, sea en el momento que sea. Y es un milagro que para que ocurra ha de ser tallado de a tres. No vemos naturalmente lo mismo, vemos distinto y cuando llegamos a ver lo mismo, ya no es “lo mismo” que individualmente pudimos haber visto, es otra cosa. Otra cosa tan distinta que cuando no acontece se origina la guerra, la exclusión, el odio. No puedo entender que el otro vea distinto porque yo no he experimentado nunca que puedo llegar a ver distinto y aún con-el-otro, por lo tanto él está equivocado. Pero es posible ver en común, el nosotros es tan real como el tu y yo sin el cual no hay nosotros posible, para que ellos tenga lugar… .sólo hay una condición: no pagar con la misma moneda.

 

“Amad a vuestros enemigos,

bendecid a los que os maldicen

haced el bien a los que os odian

y rezad por los que malignamente os utilizan y os persiguen”

 

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