El compartir va dando sus frutos, y entre otras felices flores, se nos prueba una vez más que, al contrario de lo que ocurre con las cosas materiales que cuando se comparten disminuyen, las cosas del espíritu al compartirlas crecen. En virtud de esas gracias recibidas, en este caso por medio de Juan Pablo, henos hoy aquí pasando de recuentero aficionado a comentarista amateur,  rogando al Altísimo nos libre de la entropía umbilical y podamos extender alguna pinceladas sobre el paño de la memoria familiar.

Más allá de que los apuntes de Juan Pablo me hacen reír de buena gana, efectivamente traen a la superficie de la reminiscencia un hecho que tal vez por heredado entre más que varios de nuestra generación, casi se nos olvidaba. Nos referimos a ese gustillo por desarmar y armar cosas, particularmente el auto, muchas veces para arreglar algo y otras tantas por puro amor al desarm-arte.

Convertir un aparato en un montón de piezas separadas, esa suerte de disección de un artefacto semoviente parece apelar a un ímpetu cuasi instintivo que busca desentrañar el quid de la cosa con una fruición innentendible para algunos, tanto más subyugante la impronta si el objeto es algún tipo de vehículo motorizado, que a fuerza de desmonte queda reducido a un gran rompecabezas con olor a grasa. Olor y color que generalmente es al menos proporcional en el desmontador y sus prendas, lo cual siempre termina por poner a prueba la paciencia y ejercitar la caridad de las respectivas hadas madrinas, nuestras esposas y madres, inconsultas encargadas en casi todos los casos del rescate o el descarte de la ropa utilizada en cada aventura.

Esta fruición, que como todas las pasiones, no repara en horas ni escatima esfuerzos, con el paso del tiempo se transforma en una satisfacción interior de mayor envergadura cuando el móvil de la aventura pasa a ser objeto de la reconstrucción, sobretodo si la misma además de verse coronada exitosamente (auque generalmente suele darse una especie de multiplicación de las partes en virtud de la cual sobran tornillos como para montar una casa de repuestos), es acompañada por el ronronear, o lisa y llanamente por el bramido de un motor, al que, con la excusa de “probarlo”, se le hace “venir rojo el escape”, o bajo el ímpetu de su potencia se dibujan letras en el asfalto como si las gomas fuesen uñas de un quejoso felino al que uno ha llegado a ser capaz de domesticar.

Fueron proverbiales las jornadas de la chaveta, completamente desmontada y montada pieza a pieza, al menos tres veces en quince años, y cuyo esqueleto, tras la alambrada del desarmadero del Baldo Bonnavia contemplamos con Lucy y los chicos aún en febrero del 93. Como el clavo enmohecido de la poesía seguía agarrada a sus formas conservando aún nítido los rastros de los colores que en sucesivas capas a pincel, sucesivos aprendices le habíamos dispensado. Verde inglés, testa y bigotes bancos y el chasis gris antioxido igual que la caja de chapa antimisiles que resistió más de un embate exterior e interior.

“La rural” corrió otra suerte, que en silencio, soledad y distancia lloramos, según me consta, más de tres: desde la Mare y el Pare en su mútua consolación filosófica, hasta algunos de los melancólicos entre los que el suscribiente se cuenta. Su desarmada coincidió con el desmonte de otras estructuras a las que estábamos más que acostumbrados, providenciales luego del paso del tiempo y felices en aras a la matera, pero no por eso en el momento menos dolorosos. Algunas de las estructuras que se desmontaron al mismo ritmo que la querida rural, resurgieron al tiempo con otras formas con su belleza propia. Ella en cambio, partió en partes, con ignoto destino y su recuerdo anida en memorias personales y familiares que si Dios quiere nunca llegaran al olvido. La rural en muchos sentidos supo ser un sagrario familiar, quizá no tanto por los rosarios que en incontables viajes se fueron sucediendo como cordada y amparo, sino porque bajo la experta mano de su conductor y el cuidado ferviente de la copiloto, llevó hasta ignotos rincones de la Patria, y trajo siempre de regreso a casa lo más preciado que nuestros progenitores nos supieron dar sin retaceos: la vida de una decena de aprendices de peregrinos y también algunas de sus prometidas y varios de los nietos.

Entre los más sagaces cultores del desarme, el pulimento y el rearme de cuanto aparato se cruza en el horizonte, se cuenta, creo que con proverbial ventaja, al Tío Diego. Recordamos ese fin de año que el habitáculo del Senda bordó, bajo sospecha de conservar vestigios odoríferos del can del anterior dueño, fue sometido a un minucioso despiece, lavado y remontado al son de las canciones y los corchos findeañeros, hasta oler como nuevo. Y también viene a la memoria el relato del fuera de borda, que luego de ser sometido a cirugía ultrafina, fue puesto en marcha dentro de un tambor de doscientos litros . . . en la piecita de manualidades de un departamento, cuyas paredes y techo quedaron a la primera acelerada cubiertas de doscientos litros de líquido tapiz que segundos antes llenaba el tanque.

Para no caer en parcialidades ex profeso, no se puede dejar de rememorar la expresión de Lucy, cuando al visitar el taller de los Tíos, en la bajada San Roque, encontró la R6 convertida en pequeños montículos de partes, algunas reconocibles por los colores y otras irreconocibles y no por la sorpresa. El sino, puesto a prueba una vez más, volvió a completar el looping y la riñoleta aún perduro en sus andares otro lustro antes de perderse entre los cañaverales en las tierras del Tucumán donde vimos su esqueleto, feneciente pero firme como el Chilin del Chitto a orillas del tercero.

El record de resucitaciones si embargo permanece imbatible en las diestras del Tío Carlos y recae sobre el mítico R12. En treinta años fue sometido a innumerables liftings, sorprendiendo a la platea con periódicas mutaciones hasta que la cáscara seca como el cuero de una chicharra terminó reintegrándose a la tierra por obra de los cacos, quienes habiendo sucumbido al embrujo del ave fénix en varias oportunidades, en otras tantas fueron “cazados” por la brigada A, hasta que finalmente, en la última desaparición, terminaron por despiezarle para no volver a caer en la tentación. La plegaria había sido escuchada: unos ya no podían volver a caer en tentación y otros fueron librado del mal. Aún así, Carlito rescató de alguna chacarita de Estación Las Flores, el parabrisas, los vidrios y otras inconfundibles prendas interiores del nunca totalmente desguazado flato orlador; muletos estos, que seguramente Testaferri o Fernando conservan por el reconocido efecto talismán . . . del patrón.

Si para muestra basta un botón, imagínense la colección.

Casas más, casas menos, casi todos los nietitos del Periquino, hemos tenido, me atrevería a decir, la misma bendición de tales aventuras. ¿Y de dónde le iba a venir la raya al tigre?

JUAN GABRIEL: REALMENTE MUY LINDOS LOS CUENTOS Y SOBRE TODO LOS RECUERDOS. SI BIEN YO POR SER MAS CHICO Y ESTAR EN CORDOBA Y NO EN LEONES NO TENGO TANTOS RECUERDOS, CON LAS FRACES QUE CITAS DEL PORLO O PERIQUINO ME HACEN ACORDAR MUCHO AL NONO. TAL VEZ EN ALGUNA HISTORIA REFERENTE AL VALIANT DEBERÍAS INCLUIR DOS DATOS MAS:

1) EL HECHO DE QUE EL NONO TE INVITARA A IR AL CLUB A LEER EL DIARIO DE ITALIA (UNA INVITACION HONORIFICA) E HICIERA QUE LA NONA TE VISTIERA CON LAS MEJORES PILCHAS Y TE PEINARA “AL LENGUETAZO DE VACA”; DESPUES DE TANTO ARREGLO EL NONO SE SUBÍA AL VALIANT Y TE PEDÍA QUE SUBAS UN BANQUITO DE MADERA PARA SENTARTE PORQUE EL UNICO ASIENTO QUE TENÍA ERA EL DEL CONDUCTOR… Y

2) TAMBIEN RECUERDO MUCHO UNA VEZ QUE VIAJAMOS CON EL NONO Y LA NONA DESDE LEONES A CORDOBA (RECUERDO ERA VERANO PORQUE ESTABA LLENO DE MARIPOSAS) Y EN EL VIAJE DISFRUTABAMOS DEL TREN PASANDO JUNTO A LA RUTA, AUNQUE INCREIBLEMENTE EL TREN IBA MUCHO MAS RAPIDO QUE EL VALIANT Y NOS SUPERABA INDEFECTIBLEMENTE.

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