Federico, según la pervivencia de su tonada en la memoria, debía ser serrano, como el Cura al que auxiliaba. La precisión de su edad no era un dato importante en esa época de nuestra vida. Para nosotros era un contemporáneo de los tíos abuelos y eso bastaba para situarnos ante él, y para situarlo a él en nuestro universo de relaciones.

Era rengo, y el recuerdo nos dice que andaría por el metro sesenta de altura. Vestía de saco, un saco siempre tan añejo como él. Siempre se lo veía con el mismo saco, a menos que uno lo encontrara en verano fuera de sus funciones parroquiales. En verano y fuera de la iglesia calzaba tiradores, y en invierno una bufanda azul en el recuerdo, porque contrastaba con el marrón del resto de su indumentaria. Otra variación estival de entrecasa, similar a la de Efraín, eran las alpargatas negras, que en sus respectivos últimos tiempos solían llevar como chancletas.

Vivía al oeste de la Sacristía, contra el local del Cine Parroquial. Federico tenía su pieza entre el depósito de “santos y velas” y el escusado. Aunque nunca entramos en ella mientras él la habitó, no le conocimos otros aposentos. Tan grandes eran sus dominios, como pequeño su rincón.

Un día limpiando, vaya a saber qué altar o ventana en la Iglesia, se cayó de la escalera y se quebró la cadera. Luego de esa desventura, paso a vivir en el Asilo, donde lo vimos durante algunos años compartir los bancos junto a otros viejos. Murió antes que el Monseñor y tenemos más certeza de su figura que del lugar de su sepultura.

Federico era de hecho una suerte de lugarteniente parroquial. Ningún rincón, cerradura, vestimenta,  candelabro o artefacto de ritual escapaba a su control. Nunca lo hemos visto leer en ceremonia alguna, aunque su presencia era como la sombra de Efraín. Donde estaba el Cura, estaba cerca, había estado o había de estar, Federico el sacristán.

Era un criollo pícaro, de pocas pulgas, pero muy considerado con los niños, quienes, como es supuestamente natural a esa edad y condición, no escatimaban esfuerzos para hacerle rabiar. También es cierto, que mientras el chasis le aguantó, él no tenia empacho en ponerles en su lugar, aún cuando para ello tuviese que tensarle a alguno la pantalla auditiva más a mano en la ocasión. Con nosotros tenía una especial consideración y cuando fuimos entrando en el mundo de los acólitos, se ocupó de enseñarnos las disposiciones para cada ceremonia como a él le había enseñado su cura benefactor.

Pasar el cepillo a la hora del ofertorio fue una de sus funciones, y aún cuando ya no se desplazaba cojeando por todo el templo haciendo tintinear las monedas en la cesta, supervisaba nuestro recorrido esperándonos bajo el arco de la Sacristía, para pasar presto el fruto de la pesca, de la cesta a un morral bordó, que cuidadosamente anudaba con el blanco cordón, para llevarla rapidito a la casa de monseñor.

Cuando entró en el retiro que la edad y su salud le impusieron, fue progresivamente reemplazado por los hermanos Ricotti. Principalmente por el mayor de los dos; ya que Ricotti el menor entró en escena a medida que el mayor iba sumiéndose en el ocaso de la descoordinación linguo-fonética que le impuso su enfermedad. A los pocos años de entregarse a este servicio al Señor, se le lenguó la traba, como gustaban comentar.

El recuerdo menta hoy la diferencia en las campanadas. Realidad o imaginación, pasó tiempo hasta que el nuevo asistente parroquial descubrió las mil facetas de la función que le permitieron emular la idoneidad de Federico. Y más tiempo aún para que nuestros oídos se acostumbraran a los nuevos ritmos que se emitían desde el campanario de la población. “Sentí como le da Ricotti”, solíamos escuchar decir a los mayores, quienes acompañaban la sentencia con otras fenomenológicas apreciaciones sobre el origen celibal de la enérgica forma de batir campanas.

Ricotti el mayor, fue lector. Devoto prosélito parroquial, asistente fidelísimo del cura, promotor de buenas causas, enérgico campanillero y apasionado lector a contra coro con el Pedracha o con el Loro en las ceremonias de la Semana Santa.

Con el paso a mejor vida del tío Abel y otros hechos que no es oportunidad ahora de especificar, entramos en una época trágica en casa, a consecuencia de lo cual ya no teníamos quién nos llevara a Misa. Así empezamos a reemplazar al Viejo y al Tío en las lecturas dominicales.

Luego, la ceguera creciente de Efraín, hasta que nos fuimos a la ciudad y a él lo operaron de cataratas, nos puso en situación de lazarillos, vestidores, acólitos y temerarios lectores que muchas veces excedíamos el guión habitual de los laicos. Efraín nunca nos pidió que leyéramos de más, pero nunca se opuso. Es más, en esa época empezamos a percibir sus muchas gracias después de cada celebración. Tal vez allí empezamos a entender lo que muchos años después habríamos de leer en San Manuel Bueno Mártir.

A diferencia de la novelilla señalada, el Sacristán partió antes que el presbítero. Sin embargo, a pesar del paso de los años, el retornar a la memoria de la Iglesia de Nuestra Señora del Santo Rosario, incluye en la perspectiva escénica a Federico el Sacristán.

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