Domingo 28 de julio del año 2002, Torrent, Valencia, España, 11 de la mañana. La mayoría de los que quiero lejos. Lejos y últimamente en silencio. Camino a casa, cruzo el patio de entrada al colegio. Las chicharras cantan.

La sensación ambiente es calurosa y húmeda. La brisa a la sombra es amable, casi fresca. El sol, ensortijado por algunas nubes pega fuerte y nada más haber caminado unas pocas cuadras, mi remera ha quedado convertida literalmente en sudadera. Al llegar escucho que las chicharras cantan.

En casa, sé que Lucy y los tres mosqueteros también extrañan, pero como las chicharras, con alegría cantan.

Las chicharras cantan y no es la primera vez que cruzo este patio, ni la primera vez que lo cruzo a esta hora, pero es la primera y la única vez que lo cruzo un 28 de agosto del año 2002 a las 11 horas. Sobre todo es la primera vez que las escucho cantar hoy, a catorce mil kilómetros del nido en que fui venido, un día aún en la memoria cierto. El canto es el mismo. Y es la primera vez en España que son las chicharras las que me llevan tan rápido, tan lejos, tan profundamente adentro. Su rústico cantar me ha transportado a las profundidades, y al mismo tiempo allende los mares en un único movimiento.

Su canto parece intemporal. Intemporal y nuevo. Tal vez los pronósticos estén en lo cierto cuando comentaron que para este fin de semana se espera un cambio en el tiempo. En unas horas lo sabremos. Las chicharras parecen ya saberlo. Yo me inclino a dar por cierto el anuncio meteorológico porque está confirmado por el firmamento, cuya melodía suena hoy en las voces cascadas de las chicharras. Para mí ya hubo un cambio de tiempo; de tiempo y de espacio. Capacidad de la cual parecen no disponer los meteorólogos, pero que indudablemente han demostrado poseer las hermanas chicharras.

Las chicharras anuncian un tipo de cambio de tiempo: ya lo decían nuestros abuelos. Además, lo anuncian cada vez con el mismo canto, pero que, como es tañido para cada ocasión es siempre un canto nuevo. Triplemente nuevo. Nuevo porque este canto es para este tiempo. Nuevo porque la chicharra no dispone de grabador y tiene que hacer su trabajo al momento. Finalmente nuevo, porque lo que siempre se ha hecho de la misma manera pero hay que volver a recrearlo para que exista hoy, es y será eternamente nuevo.

Resulta sobrecogedor el hecho de poder contemplar algo realmente nuevo. Todo lo que acontece es nuevo. Lo sobrecogedor parece devenir de la circunstancia de tomar conciencia de ello. De pronto las chicharras con su viola de cuerdas melladas me han hecho caer del corcel de la rutina y el tedio, y descubro que este día es un día nuevo, y que mientras haya días nuevos hay eternidad y tiempo. La flecha de la existencia recobra su tensión y el camino su peregrinar de destino, que cabalga sobre la ola del tiempo. Los queridos ya no están tan lejos, apenas un poco espacialmente separados, pero a la vista y al alcance de la voz y del silencio.

Las chicharras no tienen problema de idioma, ni necesidad de traductor, ni distancias ni tiempo. Las escuché en los árboles del terruño natal; me dieron la bienvenida al bosque semitropical del Tucumán; se mudaron a la Patagónia más rápido de lo que yo pude en tren; entonaron su canción de cuna prendidas de los viejos pinos de Villa Adela donde lloraron con nosotros nuestra primera tragedia; estaban en Maine cuando llegamos al paraíso aquel, y en el maple de Somerville las descubrieron Horacio y Agustín cuando empezaron a curiosear el mundo natural que nos acogía; estaban de regreso al pie del Pan de Azúcar donde Joaquín y Benji recogieron intrigados su traje viejo; y sostienen su canto anidando el regreso entre los eucaliptos de San Alfonso donde quedo plantado nuestro castello. Hoy me estaban esperando desde hace once meses en esta España vieja que parece entretenerse con nosotros, mientras nosotros seguimos buscando el horizonte como olvidados de que no tiene el hombre piedra donde apoyar su cabeza en este predio.

Tal vez es hora de aprender que el horizonte está donde están las chicharras. Ellas llegan antes y esperan pacientemente la hora del encuentro. Tienen la natural capacidad de vivir en la conjunción de los tiempos: se adelantan y a la vez esperan el momento. Tal vez, es el canto de las chicharras lo que le da unidad al universo. Al menos hoy lo han puesto de manifiesto, y este regalo no es poco. La vida sigue siendo bella, y al que aún espera, le es dado, de tanto en tanto, un canto de chicharras que convierte en hogar cualquier lugar de la tierra.

Tenemos una cita: ¡por favor hermana chicharra recuerda templar tus cuerdas cada vez que seamos llamados a concierto!

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