bandada

Silencio en la lontananza y silencio adentro. Hace veinte minutos que veo pasar con rumbo norte una bandada de pájaros blancos sobre la línea del horizonte donde los lindes de la ciudad se encuentran con el mar y el mar se confunde con el cielo. Tal vez hayan levado anclas hace apenas minutos en ese gran charco de agua que con ecos moros, los lugareños llaman al-bufera.

En grupos cuyos individuos no alcanza mi vista a distinguir por completo, sobrevuelan ese límite donde la imaginación del hombre, desde que ha nacido, remonta vuelo y al que hemos dado en llamar horizonte, el lugar donde empieza el cielo y la imaginación se encuentra con la esperanza después de vencer al miedo.

El movimiento que imprime el vuelo a cada grupo, hace que cada uno de ellos se vea como el flamear de un pañuelo al viento. Pequeños y nítidos pañuelos blancos se van sucediendo en cadencias de armónicos movimientos. Unos tras otros van pasando recortados sobre el fondo gris oscuro del cielo. El cielo al que las chicharras con anticipado esmero le dedican desde la mañana su rasguido neto.

Y yo me uno a ellos. Como otro pequeño pañuelo, invisiblemente leve, también levanto vuelo y empiezo a ver con los ojos de la imaginación lo que con los ojos de la cara no puedo.

Debajo, la costa zigzagueante acariciada por las aguas vespertinas y el sol echándose sobre su lecho. Sobre nosotros, la manta del firmamento que se corre lentamente tierra adentro, preñada del agua que al mar le ha robado febo. A izquierda se ve la ciudad durmiendo como un camaleón que no alcanzó a mudar su color por completo. Sobre el amarillo de su caparazón que se confunde con el ocre del terreno, se pintan como lunares azules las cúpulas de las iglesias y los conventos; serpenteando en medio, el viejo Turia, por la mano del hombre verde y fresco. Un poco más allá, después de las huertas y naranjales que unen la ciudad con el adentro, los montes bajos salpicados de casas y peladas las bochas de los cerros. Detrás quedó el origen. Delante un puerto aún incierto como posta de un destino certero.

El aire caliente que ayuda a sostener el vuelo sabe a sal y la brisa que mantiene secas las plumas empuja hacia adentro. Los pañuelos tienen forma de cuña y la formación avanza cruzada respecto al viento. Nada se oye, sólo el rítmico batir de las alas al compás del silencio. Cada tanto un graznido recorre la bandada, que como clarín de unidad viene y va desde y hacia pañuelos que no vemos. Volar se ha tornado algo como respirar . . . pero cuando tomo conciencia de ello mi pañuelo comienza a pesar sobre la silla que me ha servido de asiento. Mientras la bandada sigue su curso, yo como una cometa sin tiento caigo bajo el imperio de mi propio peso. No sé si he regresado a casa o como gustaban decir los antiguos he regresado a la prisión y al destierro. De cualquier manera no es nada despreciable el haber sido invitado a este concierto de alas al viento en clave de silencio sobre pentagrama de cielo. Tal vez nos sea dado compartir otros vuelos para recordar cada vez que sea necesario hablar, la belleza que encierra una bandada con la boca cerrada y los ojos bien abiertos.

¡Remonta miarma! ¡Remonta y alza vuelo! – 28/07/2002

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