Parafraseando a Chesterton:

—   ¿Qué está mal con el mundo?

o      ¡Yo mismo!

—   ¿Qué está mal en el mundo?

o      el imperialismo, o el error acerca del hombre;

o      el feminismo, o el error acerca de la mujer;

o      la educación, o el error acerca del niño;

o      y la sociología, o el error acerca de la realidad.

—   ¿Qué pasa con el mundo?

o      Que ya casi nadie desaprueba la prostitución Señor Chesterton, y además somos menos aún que en su época los dispuestos a promover la decencia y la pureza.

—   ¿Por qué está mal el mundo?

o     Porque no queremos preguntarnos en qué consiste el Bien.

Tu veras, nos diría Gilberto, “hay que empezar por algún sitio y yo empiezo por el pelo de una niña. Cualquier otra cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena madre por la belleza de su hija es bueno. Es una de esas ternuras que son inexorables y que son la piedra de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en su contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias. Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el pelo limpio. Porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una distribución de la propiedad, debe haber una revolución. La pequeña golfilla del pelo rojo, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser mutilados y destrozados para servirle a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos caerán, pero no habrá de dañarse un pelo de su cabeza”.[1]


ÍNDICE

Prólogo:          SÍ A LA VIDA

 

I                      nadie llega solo a ningún lugar

 

II                     la clave está al final

 

III                   de mostrenca a nosedónde

 

IV                   ¡le toca a la serena!

 

V                     Ángel y ángelas

 

VI                   sostener la esperanza

 

VII                  ¡ahora te toca a vos!

 


Prologo

Estimado lector, permítame entretener su atención con algunas consideraciones respecto al origen y al tenor del relato que conforma las páginas siguientes.

La imaginación siempre realiza sus construcciones a partir de algún tipo de realidad, sólo que, por las razones que en cada caso lo justifiquen, un escrito puede acercarse más o menos a los hechos a partir de los cuales se engendraron. Todo relato apela al recuerdo y el recuerdo como la misma percepción que le dio origen es selectivo. La misma noción de “hecho” implica ya una concepción moral, una visión de la vida y de sus aconteceres a partir de lo cual unos aspectos se resaltan mientras otros tienden a difuminarse como en el trasfondo o en los márgenes del principio de unidad en virtud de la mirada personal desde la cual surgen las consideraciones. Siempre un ideal focaliza la atención de quien pone a disposición de sus semejantes lo que ha logrado articular mediante ese humano ejercicio que implica el hacer presente el pasado empeñándose por un futuro posible según los principios de la libertad humana.

El contenido de este testimonio no es ficción si por ficción se entiende un engendro de la imaginación más escorado hacia el linde de la fantasía que apoyado sobre los datos de la realidad. La seño Sere es el resultado de la conjunción de unas experiencias de vida. Las vidas de dos mujeres distantes en el tiempo y en el espacio pero concordantes en su itinerario y en su resolución. Experiencias fundamentalmente armónicas no sólo en vicisitudes similares sino también rescatadas desde una misma vocación, desde una misma esperanza, desde una misma impronta de agradecimiento a la vida y amor a los semejantes a pesar de los padecimientos que constituyen los hitos que desde tal clave son rescatados por el corazón.

La primera experiencia nos fue compartida por Lola, una valenciana a punto de jubilarse. A diez años y catorce mil kilómetros de distancia, una joven a poco de iniciar el camino docente del cual Lola en aquel entonces se despedía, tuvo la amabilidad de hacernos partícipes por escrito, no sólo del nombre, sino de los principales hechos y expresiones que constituyen el relato.  Como hebras que se venían tejiendo desde ese antes del ahora en que asoma en el horizonte su boceto, el testimonio tiene que ver con ese destino que carga de luz ciertos mojones en el sendero, hacia adelante y hacia atrás, porque la vida es una como uno es el tiempo de la existencia desde la eternidad que nos espera.

La seño Sere es una persona real, una mamá maestra empeñada en reconstruir el telar de nuestra Patria desde el relativo anonimato de una escuela rural, “entregada a la labranza de almas en la inmensidad de este edén que nos ha sido regalado como escenario de nuestras vidas” según ella misma lo expresa.

Sobre las tablas se despliega el argumento, respecto del cual nuestra función de presentadores no pretende otra cosa que manifestar el cordial agradecimiento a esa voluntad de amor en la verdad y de verdad en el amor que inspira a quienes habiendo cursado tales sendas tienen el valor de mostrarnos su derrotero sin otro fin que el bien que por experiencia y Gracia saben posible.

A los pies de la Cruz del Pan de azúcar, mayo del 2010

JGR

I

 

La serena, evidentemente, no es mi nombre de pila. En mi DNI consta otro nombre, que también es mi nombre. No reniego de él, es parte de mi historia, de quien soy.

La serena me llamaron las compañeras de entonces, en nosedónde. Ya verán.

Ahora soy maestra. No hace mucho. Si bien me siento bendecida de serlo, me da un poco de no se qué decirlo porque en realidad sigo aprendiendo. Pareciera que el diploma en la escuela de la vida también se recibe al final, cuando uno sale, claro, como si dijéramos al egresar de esta vida. Y en orden  a tal, todo lo demás importa.

Hay algo que me ha tocado vivir y quiero compartirlo con quien quiera leerlo. En realidad lo hago en la esperanza de poder ayudar a alguien como me han ayudado.

En la escuela los chicos me llaman la seño Sere. Me presento con este nombre. Me gusta que me llamen así a pesar de cierta parte de mi historia, la que ahora quiero mostrarte por si acaso te sirve. Tal vez debería decir, gracias a lo que me trajo esa parte de la historia durante la cual este nombre me pusieron, es que sé que La sere es mi nombre verdadero.

¡Qué misterio! Pensar que así me llamaron cuando valía menos que ciertos objetos.

Quiero ser llamada con ese nombre. Como dice la canción del río, pero no como reivindicación de lo que perdí, sino porque al dármelo me ayudaron a caminar mi destino. Esa es la primera razón por la cual bajo tal nombre me presento. Pero hay otra. Nunca supe el nombre de algunos de los que me ayudaron a seguir viviendo. De otros sí conozco sus nombres. Otros me han ayudado sin siquiera saberlo.

¡A todos mi agradecimiento!

A los que conozco por su nombre, a los que sólo son un rostro en mi memoria o un sentimiento en mi cuerpo, como Ángel . . .

También a aquellos que pasaron silenciosamente por mi vida pero que de algún modo me ayudaron, vaya a saber si haciéndome lo que ahora se que no se debe hacer, con su bendición, con su compasión, con sus oraciones, o de qué manera.

Sólo sé que sola no podría haber llegado hasta acá. Es obvio: nadie llega solo a ningún lugar, ni siquiera existir se puede. ¿Será por eso que la soledad impuesta duele tanto?

Por mí hace tiempo hubiese dejado de existir la posibilidad de este encuentro. Hay tantas formas de hacer el bien que no pretendo ser yo quien establezca esa lista. Al fin y al cabo lo que cuenta es haber querido el bien, y haberlo hecho lo mejor posible.

Entonces, en homenaje y recuerdo de ellos, esos anónimos que me acompañaron y acompañan, en quienes me apoyo y me sostienen, permítanme que me cobije tras este nombre que siendo un alias, es más, mucho más que el que figura en los documentos.

Ojalá sea capaz de mostrárselos y ustedes de verlo.


II

Tengo treinta y cinco años. Hace tres que soy maestra. Hace casi diez que salí del cautiverio. Es decir que me ayudaron a escapar de aquel encierro, mi encierro. Ya que, aunque en algún sentido fue mi decisión salir de allí, lo repito, si no me ayudaban no hubiese logrado romper el cerco, esa muralla en la cual yo misma me había avenido a permanecer encerrada, a enterrarme en vida como aceptando que era un objeto. Creyendo que persona y ser-objeto-de-muestra-y-uso es lo mismo. No sé si sabía que ser persona es otra cosa. Creo que no. Pienso que cuando lo supe, cuando me sentí tratada como persona, se fue rompiendo poco a poco el hechizo, por decirlo de algún modo, y mi vida dio el paso que me permite contarles ahora como si fuese un cuento, lo que entonces sucedió de un modo tan real que al volver la vista atrás parece imposible el haberlo padecido.

Como dije, al mirar el ayer desde el ahora, a veces no lo creo. Pero es verdad. Llevo en mis ser las marcas de entonces. La memoria podrá fallarme, pero, aunque no soy mi cuerpo, mi cuerpo en sus cicatrices muestra lo que bajo el puente pasó. Mi vida no es un cuento. En todo caso este es uno de los capítulos de la historia, de mi derrotero en esta vida, hoy maravilloso cuento porque por Gracias de Dios la vida es eterna y a mí me doblaron la apuesta.

Casi me olvida. ¡Qué me voy a olvidar! Tengo dos hijas. Por ellas también relato esto. Tal vez principalmente para ellas. ¡Que lindo sería que a algún otro también sirviera!

No soy escritora. No quiero hacer una novela. Simplemente creo que a alguien le puede ayudar lo que a mi me ha tocado pasar. Me dolió mucho lo pasado. A veces todavía me duele. Aunque quiero y me empeño en vivir con alegría este día que me es regalado, cada día casi como sin merecerlo . . . a veces el recuerdo es doloroso.


Además, a veces “afuera” pasan ciertas cosas tan feas como las que pasaban allá adentro y en algún sentido peores, al menos así lo veo yo. Allá y acá solemos tender a vivir como-si, sin ver lo que en nuestras propias narices pasa. Trataré de que no me gane la pena al pasar revista de lo que tengo que recordar para poder contarlo.

Nací en un pueblo de provincia. Allí viven aún mi madre, sus hijos y mis parientes.

Mi padre, dicen que fue uno de la ciudad. No suena bien. Tal vez ni siquiera sea verdad. Esta cuestión no tiene nada que ver con ser del campo o de la ciudad. Se trata de otra cosa que nos aqueja por igual. Me gustaría conocerlo aunque me temo que por ahora sea casi imposible. No se portó bien, como tantos otros a los que también dirijo estas memorias. Pero es mi padre y hubiese preferido poder reconocerlo como tal. Al fin y al cabo me dio la vida, o, mejor dicho, la vida me fue dada por su intermedio . . .

Tengo padre. Casi suena tonto decirlo. Pero no siempre nos damos cuenta de esa obviedad. Ahora de grande . . . ¿cuándo empieza uno a ser grande?, decía, que ahora conozco a mi padre, al que nunca me abandonó . . . pero podría ser distinto.

Puede ser distinto: que cada niño tenga su mamá y su papá. Entiendo que para algunos pueda sonar utópico, pero es lo que la naturaleza indica: no hay más que mirar a los pájaros. Bueno, en un sentido, porque como decía el profe, la naturaleza hace pájaro al ave, ayuda a ser madre a la mamá, pero la crianza hace padre al papá.

Tengo un papá: el que permitió que fuera engendrada por mi padre y mi madre.

El que biológicamente me engendró con mi madre no sé quién es. Ella tampoco lo recuerda. Sabes que siento algo muy raro: no sé quién es pero lo quiero. Deseo con todo mi corazón que sea buena persona. Me siento agradecida de haber recibido la vida a través de él. Seguramente la tontera que cometió no hace de él un tonto. Se equivocó. ¿Quién no se equivoca? Se habrá dejado llevar. Espero que no sea un hipócrita de los que sostienen como bueno sus malas cosas, y que se haya corregido. Que haya criado hijos que le amen como. . . sin que él lo sepa le amo yo.

Mi mamá . . . estoy empezando a conocerla. Es decir desde hace unos años. Aunque al principio le reclamé muchas cosas. Injustamente. El dolor todavía me dolía con ese rasguño agrio que lacera como herida vieja al recordar el abandono, el abuso padecido como pan de cada día mezclado con la culpa, con la complicidad no reconocida.

Durante casi quince años mi mamá y mis parientes no supieron nada de mí. Dicen que al principio me buscaron, que desde entonces mi mamá empezó a ser mamá de mis hermanos. Les dio un padre. Y aunque todavía no lo siento tan claro, creo que desde entonces me dio un padre también a mí. Ahora estoy empezando a verlo así.

A mi madre le estoy agradecida por haberme dejado vivir. Tanto más agradecida cuanto más recuerdo que hice lo mismo sólo con dos de mis hijas. Porque . . . ¡Díos mío y Señor mío! . . . tengo otros . . . qué pena tan grande no haberles dado la oportunidad de compartir esta vida. En medio del dolor siento que ellos también me han ayudado. No sé cómo, pero lo creo. De lo contrario se me hace imposible seguir viviendo. Jamás debí llegar a eso. Pero lo hice . . . o me avine a ser cómplice de que nos lo hicieran, a ellos, a mí, a ustedes.


III

Resulta que a los quince me mostraba provocativamente. Era . . .  ¿se entiende? No hace falta que sea más explícita. No sé por qué. No quiero echar culpas. Me cuesta decirlo. Pero la verdad es que hoy veo que andaba provocando a los hombres y compitiendo con mis amigas a ver quién mostraba más, a ver quién se conducía con más descaro ante los muchachos en la escuela, en la calle y en los boliches.

Casi nadie me decía nada al respecto, y los que me dijeron algo recibieron mi provocación y desprecio como respuesta. Creía que podía hacer lo que me venía en gana y lo demás era problema de otros. “Que no miren” le contesté una vez a mi abuela cuando me dijo algo respecto a la forma en que me vestía. Pero la verdad es que yo disfrutaba sintiendo cómo me miraban y cómo me deseaban. Eso me hacía sentir importante.

Provocar a los hombres y competir con mis compañeras me hacia sentir poder. El poder de la revolución ubrera que no sólo muy a pecho nos venimos tomando, como en tono de broma pero muy en serio dice mi amiga Pilar. No sé si entonces lo pensaba así. No. Pero ahora lo describo de esa manera. Creo que entonces sólo sentía con una parte, no pensaba. En algún sentido no sabía pensar. La interpretación no importa mucho. Lo que cuenta es lo que de algún modo ayudé a desencadenar por mi forma de conducirme, de mostrarme, de provocar sin consideración a los demás. Lo que más me pesa es haber creído esa estupidez de que uno puede hacer lo que quiera . . . como si fuese posible zafar de las consecuencias de lo que uno elige . . . ¡Qué mentira!

Sólo me importaba lo que me hacia sentir bien. ¿Bien? ¿sentirme bien? . . . ni siquiera eso es cierto. Otra forma del egoísmo a cuyo servicio fueron inmolados más de diez años de mi vida. ¡Carísimo me costo ese engaño!

Ya se imaginarán a dónde fui a parar.

Caí por un tobogán ignorando dónde terminaba. Ni siquiera sabía que estaba cayendo. Me creía una picante, una canchera, una liberada ¿quién me iba a decir algo?

Una noche, en un boliche me dieron algo de tomar, eso pienso. Cuando me desperté estaba en un lugar que no conocía: nosedónde.

De ese lugar no salí durante los próximos diez años de mi vida. Allí nacieron mis dos hijas. Allí viví con otras ¿cuántas? que como yo eran objetos de uso alquiladas por un rato a los que considero unos de los principales responsables de que ese tipo de negocios siga existiendo. Conocí a varias de mis compañeras, pero sólo unas pocas estuvimos mucho tiempo juntas. A la mayoría las cambian frecuentemente de lugar. A algunas a veces las vuelven a traer al mismo lupanar, pero es raro. Muy pocas son dejadas en un mismo sitio.

Las que convivimos casi todo ese tiempo, esas son mis hermanas, las tías de mis hijas. Mis nenas crecieron sus primeros años en medio de este escenario. Salimos antes de que la mayor cumpliera cinco años, pero creo que se acuerdan. Al menos de sus tías la mayor se acuerda. Sus dos tías también salieron.

Mis hijas nacieron porque yo mientras pude no dije que estaba embarazada.

Generalmente cuando una queda embarazada te dan algo “para que te limpies”. Pero esa vez no me di cuenta. Estaba tan mal conmigo misma que no me di cuenta hasta que me lo hicieron notar mis compañeras. No sé porque me opuse a que me tocaran. Para no correr riesgo no comía ni tomaba nada que no me diera una de mis hermanas.

Me obligaron a seguir “trabajando” hasta que ya no pude más. A algunos parece que les gustaba en ese estado. Supongo que les daría lo mismo. Ellos en general no buscan una mujer, sino un objeto para satisfacer lo que creen es “su necesidad”. La otra cara de la misma moneda que ayudé a acuñar con mi conducta quinceañera. Yo tampoco sabía la diferencia entre ser tratada como persona o como un objeto. Hubo una excepción. Ese es una de las causas de este relato. Una de las causas del relato y la principal de mi huída, o de mi regreso a la vida, mejor dicho.

Tener a Nati fue un regalo maravilloso. Había alguien que me quería, que me necesitaba y tenía algo de qué ocuparme. Tal vez no suene bien, pero “tenía algo mío”. No sé cómo decir lo que ella significó en mi vida. Algo en mi se despertó. La atendía todo el tiempo y hasta hacia lo que me obligaban de buena gana con tal que me dejaran pasar el resto del tiempo con ella. Nati fue mi primer refugio en la vida.

A Sole la busqué. Tal vez por instinto, tal vez por egoísmo. No sé. Creo que porque Dios así lo quiso. Pero, ni bien Nati empezó a caminar empecé a hacer lo que pude, es decir dejar de tomar lo que me obligaban. Y esta vez me cuide para que nadie se diera cuenta. Cuando me descubrieron me castigaron duro. Me quitaron a Nati. Pero no sé por qué no aflojé. Prometí que nunca más lo haría. Me dejaron otra vez a Nati y finalmente nació Sole. Eran mi vida. Son mi vida. ¡Dios me perdone! Sé que son Sus hijas, que me las dio para que aprendan que son de Él, pero siento que son mi vida.

No sé cómo ni porqué una de mis hermanas me enseño a rezar. Por las chicas me dijo, para que ellas no tengan que pasar lo que nosotras estamos pasando. Yo no sabía muy bien lo que quería decirme. Pero lo creí y empecé a rezar y a rezar junto a mis hijas. Allí en medio de esa cárcel . . . no lo puedo creer, pero mi papá estaba allí.


IV

Una noche, cuya memoria nunca podrá disolverse en la nebulosa de las rutinas que conforman la mayoría de aquellas noches, gritaron “le toca a la serena”.

Era tarde. Tarde para ese lugar lejos de todo en medio de ningún lugar, que era mi mundo. Entré a la habitación desempeñando el papel que tan bien asumido tenía como parte de mi ser desde antes de haber sido llevada a nosedónde . . . pero, después me di cuenta, las cosas no resultaban como de costumbre.

–       ¿Estás muy apurada? -me dijo . . .

–       Acá los apurados son siempre ustedes, -le contesté.

–       Bueno, entonces busco a otra o vuelvo otro día.

–       Como quieras. Ya pagaste . . . -le dije, mirándolo con desprecio.

Se sentó en la única silla que había en ese antro. Yo me senté en la cama. Hubo un momento de silencio. Le pregunté:

–       ¿Sos trolo?

No dijo nada. Al ratito me preguntó:

–       ¿Qué haces acá, de dónde sos?

Me dirigí a él con una palabra muy torpe preguntando:

–       ¿No sé nota lo que hago y lo que soy?

–       Sí se nota lo que haces. Pero no parece que seas eso que haces.

Otro silencio. Yo lo miraba casi fijamente. Él miraba a veces el piso y a veces me miraba a la cara. Recuerdo que sin darme cuenta me cubrí en parte, como si tuviera frío. Pero creo que fue otra cosa lo que sentí. No sé cuanto tiempo pasó . . . .

No fue mucho, pero lo recuerdo como un tiempo que se mide de forma distinta al modo en que pasaba el tiempo allá, y al que en general también acá suele pasar.

De pronto le dije: ¿me podés hacer un favor? Creo que pensaba decirle que se decidiera. Pero en vez de eso dije: sacame de acá.

–       ¿A dónde vas a ir?

–       No sé, pero quiero que me saques de acá.

–       Si nos pescan te van a moler a palos ¿no?

–       ¿No andas en auto? A esta hora nadie se va a dar cuenta. Tengo dos nenas.

–       ¿Dos nenas? ¡Estás loca!

–       Soy loca . . . ¿no es así como nos llaman?

Hubo otro silencio con esa clase de tiempo que les dije antes. Me levante, salí de allí, fui a la pieza. Levanté primero a Nati para acomodármela en un brazo y luego a Sole en el otro. Estaban dormidas y no se despertaron. Volví a donde estaba él y le dije:

–       Vamos ¿qué esperas?

Tomó a Nati en sus brazos y empezamos a salir. Cuando me di cuenta él había acostado a las nenas en el asiento trasero y yo estaba sentada en el asiento del acompañante. Salió despacio. Llegamos a una ruta y empezó a andar rápido.

Cuando me desperté, él había tapado a la nenas con una manta y me había tapado a mí con una salida de baño. Estaba por amanecer.

–       ¿Querés un poco de café?, me dijo.

–       ¿Dónde estamos?

–       Lejos. Llevamos casi cuatro horas andando. Y me dio un jarrito con café.

–       ¿Adónde te llevo?

–       No sé . . .

Otro silencio. Otro tiempo de esos que se miden distinto.

–       Mira, si te parece te llevo a un hospital. Creo que es lo mejor para las nenas y para vos. ¿Tenés documento?

–       ¡Pero no ves que estoy casi en bolas! le dije, ¿dónde crees que puedo llevar documentos?

–       Bueno, está bien. Lo siento. ¿Te puedo preguntar cómo te llamás?

–       Si podés . . . me dicen la serena. Y esas son Nati y Sole.

–       Bueno, mirá Serena . . . .

–       No Serena. “La serena”.

–       Bien. Serenate y escuchame . .  .

Me hizo gracia el juego de palabras.

–       ¿Qué?, le dije, no de buen modo a pesar de la gracia que me había hecho.

–       Hay un hospital en un pueblo. Si te parece voy a ver si te pueden recibir. ¿o preferís que te lleve a una comisaría? Aunque eso sería un problema para mí.

–       No con la cana no. Prefiero que me dejes en una plaza antes que con la cana.

–       Es que en ese hospital hay unas monjas . . . . tal vez . . .

–       Bueno, vamos; le contesté sin dejarlo terminar de hablar.

Cuando llegamos se bajó y volvió al rato acompañado de dos hermanas. De esas que son monjas y se visten como monjas. No de las que parecen tener el mismo problema que yo sin saberlo tenía: ser una cosa y andar vistiéndose de otra.

Sentí un poco de miedo como no sentía desde hacía mucho tiempo. Miedo sin rabia. Como de niña. Cuando me dijo que bajara, me até fuerte la salida de baño y agarré a las nenas. Una de las monjas me dijo: no tengas miedo, vení, pasá adentro que acá hace frío. Deja que te ayudemos. Cada una de ellas cargó a una de las nenas y yo las seguí. Cuando entramos y cerraron la puerta me di cuenta de que me había olvidado de . . . ni siquiera sabía su nombre.

V

Ángel. Ese nombre le puse tiempo después. Nunca más lo vi. Él les había explicado exactamente lo que había pasado. Les había entregado un dinero para mí. Tiempo después me dijeron que llamó un par de veces para ver si necesitábamos algo. Pero ni las monjas ni yo sabemos nada más de él.

–       Vos si sabes de qué estoy hablando Ángel ¿no?

Cada vez que pienso en vos se me llena el corazón de agradecimiento y los ojos de lágrimas, como en este momento.

Por favor perdoname por la forma en que te trate. Te quiero. Sé que no tengo ningún derecho ¡que expresión rara! a decir que te quiero. No es que me haya enamorado de vos. Vos me devolviste la capacidad de enamorarme de la vida. Eso te debo. Y eso no se paga. Ahora sé que hay cosas en la vida que no se pagan. Dios mío, casi todo en la vida puede ser un regalo o un castigo. Y casi todo depende de la forma en que uno lo tome. Vos sos el portador de un mensaje, digamos de la tarjeta que acompañaba el regalo de la vida que se me había dado hacia tanto tiempo y que yo no había sabido encontrar. Gracias a vos empecé a leer el mensaje con el que había venido a este mundo, pero del cual yo no tenía ni idea. Claro que entonces ni siquiera me di cuenta. No supe ni darte las gracias . . . Perdón mi Ángel.

Querido lector, querida lectora, siento que lo más importante ya fue dicho. ¡qué trago! Bueno, no es para tanto. Escribirlo es nada con lo que fue estar tragándolo todo aquel tiempo. Ahora lloro en paz. Entonces no sabía ni llorar.

Sólo queda querer leerlo. Es decir, leer derecho en el libro de la vida que los humanos, algunos, a veces, nos empeñamos en escribir torcido.

Las monjas me criaron como hija. Es decir tres, porque a las tres nos dieron lo que jamás habíamos tenido: una cama limpia para cada una, caricias sanas, palabras impecables, una familia, una casa, educación . . . nos curaron.

Me hicieron terminar el secundario en un nocturno que hay en el pueblo. Las nenas empezaron a ir a la escuela, a tener amiguitas y cumpleaños. Me ayudaron a encontrar a mi familia, a recuperar mi DNI, me dieron trabajo . . . tuve un sueldo . . . comida . . . ropa . . . y me enseñaron a reconocer a nuestro papá y a nuestra mamá. Y a quererlos, porque al principio no los podía querer, sólo quería reclamarles . . .

Lloro de sólo recordar todo esto. Me enseñaron casi todo lo que se. Parecen tonteras, pero yo les digo que no lo son. Para mi fue todo y les costo lo suyo. Nunca me lo dijeron pero sé que por nosotras pasaron cosas que no debería pasar nadie que da su vida por otros. Bueno, en realidad, al maestro lo crucificaron por eso . . . ¿no?

Cuando terminé la secundaria a ellas las sacaron del hospital. Se quedaron sin presupuesto[2] en la municipalidad para pagar tres sueldos de monjas . . . esto si que no lo creo. Me dio una rabia tremenda porque allí empecé a descubrir que “afuera” también se hacen cosas como las que se hacen allá en nosedónde. Pero me llevaron con ellas a otra ciudad y me preguntaron si no quería estudiar para maestra.

¿Maestra, yo . . . ?

Ya les dije que soy maestra. Maestra rural. Vivo en la escuela.

Una de las hermanitas murió. Gastadita falleció la Sor. Las otras, con sus hermanas sigue trabajando en el rescate de chicas de la calle. A veces me pregunto si no serán socias de Ángel. No lo sé. Lo que sé es que deben tener una legión de ángeles para hacer lo que hacen. Muchos, muchos más que los que las ignoran y las desprecian.

Gracias hermanas por enseñarme a ser . . . hija de Dios . . . y tantas cosas más . . .


VI

Meses después . . .

Terminaron las clases. Hoy vuelvo a leer lo que escribí hace tiempo, de un tirón durante una noche parecida “a aquella” por el modo en que trascurrió. Me surgen un montón de preguntas.

¿Para qué haces esto?, ¿a quién crees que le estás escribiendo?, hay muchas cosas que no contaste, ¿no voy a hacer daño en vez de un bien? . . . y cosas por el estilo.

Desde que lo escribí algo ha cambiado, como que algo está hecho y sólo falta dejarlo andar. Eso pienso.

Esto lo escribí porque sentía esa necesidad. ¿No será otra necesidad como aquellas? Creo que no. Está me ha hecho llorar mucho, pero me dio paz y alegría. No es como las otras “necesidades” que parece que te dan lo que luego al ciento por uno te quitan.

Se lo voy a mandar al profe. Cuando hace unos años, le conté lo que me había pasado me sugirió que algún día lo escribiera. Dijo que me haría bien y tal vez le hiciera bien a otros. Tal vez él sepa qué hacer. Creo que hice mi parte. Veremos.

Escribo para que mis hijas lo sepan. Por mis alumnos. Para mi familia . . .

–       Ángel, para vos si lo lees. ¡Cuánto me gustaría que lo leyeras!

Para quienes puedan estar en nosedónde . . . y para quienes suelen ir a nosedónde, para todos los cómplices de que los nosedónde sigan existiendo . . . y esas cosas peores que se asoman en el horizonte promovidas como buenas cuando no lo son.

Para las chicas y los chicos que como me había creído yo, ellos creen todavía que en la vida se puede andar haciendo lo que a uno le venga en ganas sin tener que pagar las consecuencias.

No quiero dar consejos. Aunque es una de las mejores cosas que nos pueden dar cuando uno los quiere escuchar. Los buenos consejos, no sé por qué, parece que caen mal. Sólo quiero mostrar lo que pasó . . . y subrayar la esperanza de que puede cambiar. Esto sí que vale la pena andar mostrándolo. Soy una prueba. Ahora sé que hay muchas serenas . . . ojala se dejen rescatar por los muchos Ángeles . . .

Hay muchas cosas que no he dicho. Sobre mi infancia, sobre mis hijitas, sobre nosedónde, sobre la vida con las hermanas, las de allá y de entonces, y las de acá y ahora, sobre . . . . ¡tantas cosas! Pero muchas de ellas se pueden imaginar con facilidad y no vienen a cuento.  Lo demás lo dirá el tiempo. Por ahora está bien así.

No sé lo que significa dar Gracias a Dios si por ello no se entiende dar la vida por los demás. En ese sentido quiero dar Gracias a Dios, que es en realidad como pedirla, pero así se dice ¿no?

Doy gracias a mi Papá y a su mamá Maria que luego aprendí que también es mía y que nos cuida a cada paso.

Un beso de todo corazón,

la seño Sere.


VII

¿Y esto qué es?

¡Es que no puedo con el genio!

Si llegaste hasta acá, permitime recordarte que las páginas de tu vida están llenas de colores que pueden crecer como el arco iris en la lluvia sosteniendo la esperanza donde estés.

Esas lágrimas con las cuales a veces la vida nos lava el alma, como desde dentro hacia afuera, ayudan para mirar con los ojos del corazón a cada uno de los que a nuestro alrededor necesitan consuelo, comida, abrigo, consejo, compañía, es decir mi presencia como simple respuesta a la invitación para compartir la senda que nos fue regalada sin ser merecida . . .

De algún modo, éstas también son tus páginas . . .

Por favor ayúdame a que se escuche el SÍ A LA VIDA . . .

¡hay tanta vida esperando ser sostenida!

¡Muchas Gracias!


[1] G. K. CHESTERTON: Lo que está mal en el mundo, Obras Completas, T1, Plaza y Janés, Barcelona, 1961.

[2] Y he aquí que en nombre de su justicia cometieron asesinatos; porque su justicia era antes que nada igualdad. Antoine de SAINT EXUPÉRY: Ciudadela, en: Obras completas, Barcelona, Plaza y Janés, 1967, p. 633.


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