Transitaba sus primeros años la segunda mitad del siglo pasado, y Atlántica, que era entonces un poblado no muy grande pero ya padecía el síndrome de la curiosidad turística, recibió la visita de un oriental al que rápidamente las voces populares dieron fama de sabio.

 

Muy a pesar suyo, a los pocos días de haber llegado a la Joya del Atlántico, el candor popular fraguó la consistencia de su fama, y el rumor de su presencia tomó estado público.

 

En realidad nadie sabía ni supo nunca absolutamente nada de él; pero como el medio pelo no puede sustraerse al subyugante vértigo de lo diferente aunque de una afeitadora se trate, para que, según las reglas del juego del teléfono roto, se pasara del “mira que tipo raro” hasta el “sabes que hay un sabio chino en la joshita” sólo hicieron falta un par de jornadas y unos litros de café.

 

El ímpetu de la curiosidad transformó el rumor en sólida noticia, movilizando a las fuerzas vivas, y tras ellas a los prohombres de la hora: el intendente, el cura, el comisario, el juez de paz y el gerente de la sucursal local del Banco Nación.

 

Reunidos los mentados, en el encuentro semanal del Club de la Sociedad de Aplausos Mutuos, acordaron organizar una conferencia pública con, el a la sazón, ya llamado maestro oriental.

 

Fueron a verlo al viejo Hotel Antártica, y reverentemente le comunicaron la idea. La negativa del chino fue rotunda y el desconcierto de los encomenderos patente.

 

Pero resulta que, un tal Noel Olemop, -que se hallaba practicando su deporte habitual en el bar del hotel, y que luego de haber saludado efusivamente a cada uno de la comitiva cuando ingresaron al hotel, se les había prendido como abrojo-, ante el evidente fracaso de la propuesta y el inminente colapso de una posibilidad de espectáculo, se permitió reiterar el pedido al chino, agregando por su cuenta, que era de todos conocida la fama de sabio que le precedía, y que una autoridad de su calibre no podía desairar las ansias de conocimientos trascendentales de un pueblo acostumbrado a dar la bienvenida a todas las olas de ideas y pensamiento que el mar traía a sus costas, etc.

 

Ante el vehemente tono de la perorata, “el maestro” temió correr el riesgo de desairar a la parcialidad local. Eso cambió la posición de los platillos de la balanza emocional del encuentro, lo cual dio como resultado, lo que entieron como un implícito compromiso del chino para presentarse en público, a las veinte del día siguiente en el Teatro Monumental.

 

Noel, felicitó histriónicamente a la comitiva por el logro y les dijo que dejaran las cosas en sus manos, que una eminente firma local de unos conocidos suyos, seguramente colaboraría desinteresadamente con tan noble propósito organizando todo lo que el importante evento demandaba.

 

Noel se dirigió a la oficina municipal donde estaban nombrados Rativ y Nitram, les puso al tanto del tema y la cosa se puso en marcha. R&M consiguieron una manada de pibes de la calle y empapelaron la ciudad con el anuncio del evento, mientras Noel mandó a su vecino Ollag, que le debía algunos favores, a recorrer las calles en auto con un par de altoparlantes convocando a la población a participar de esta única y trascendental oportunidad de esclarecimiento intelectual.

 

El día de la presentación, largo rato antes de las veinte, la gente pujaba por adquirir su entrada y lograr una butaca en la sala.

 

A las veinte en punto hizo su entrada en dirección al escenario la comitiva de los representantes de las fuerzas vivas y sus conocidos de probada lealtad, con el chino al medio del peculiar séquito.

 

Noel dio en nombre de la nación la bienvenida a las autoridades locales y dando por iniciado el evento se sentó al lado del chino.

 

Seguidamente, una dama de la Cofradía de los Versos del Club de Amigos del Serpentario Local, con voz aflautada desgranó punto a punto la retahíla de grandezas sobre la sabiduría oriental que a propósito del evento había escrito el mismo Noel.

 

Finalmente llegó el momento: el chino se puso de pie, se desplazó hasta el centro del escenario, hizo la típica reverencia oriental en señal de saludo, y en perfecto castellano dijo:

 

–       Muy buenas taldes señolas y señoles: ¿sabéis de qué vamos a hablal hoy?

 

Se escucharon nítidas un par de respiraciones profundas, que bien podría ser una señal de concentración máxima para escuchar el mensaje o una toma de conciencia de que con la emoción del vértigo a nadie se le había ocurrido preguntar cuál era el tema sobre el que podía disertar el chino. La mirada de alguno se focalizó en el cielorraso, mientras otros empezaban tímidamente a mover la cabeza de lado a lado como buscando alguna cara de respuesta; el silencio se hizo denso como neblina costera.

 

Uno de los muchachos de Rativ y Nitram, con la descarada autenticidad propia de la ignorancia ideologizada, dijo:

 

–       No, Maestro. No tenemos ni idea de lo que nos va a hablar.

 

Ante lo cual el chino, con una sonrisa dental tan lineal como sus rasgos oculares, contestó:

 

–       Si no tenéis ni idea de lo que vamos a hablar, no vale la pena que peldáis vuestlo plecioso tiempo.

¡Muchas Glacias! ¡Buenas noches!

 

Y dando por terminada su intervención inició el descenso de las tablas caminando en dirección a la puerta de salida.

 

Uno de los asociados de Rativ y Nitram, sentado en medio del público, dijo:

 

–       ¡Qué profundidad! ¡Magistral la lección de este sabio!, agregando a modo de sentencia áurea: ¡Maxima cositio, maxima sapientia!

 

Ante lo cual todos los muchachos a los que R&N, por el empapelado de la ciudad, habían dado caramelos Media Hora antes de entrar, empezaron a aplaudir a rabiar. Concluida la eufórica manifestación de admiración colectiva, se inició allí mismo un debate que continuó luego en un bar de la zona, en el que cada uno de los referentes sociales sacaba a luz las trascendentales conclusiones derivadas de la milenaria sabiduría oriental puesta lacónicamente en evidencia esta noche por el magistral ars locuendi del chino.

 

Viendo el nivel de emociones que había disparado el evento, Obol Rativ le dijo a Noel que había que organizar otra conferencia, ya que está evidentemente había sido un éxito rotundo.

 

A la mañana siguiente Noel fue a hablar con el cura para ver si estaba de acuerdo con que se organizara otra ponencia. Y agregó, que si su eminencia reverendísima estuviese de acuerdo y no le resultaba una molestia, el estaba encargado de transmitirle en nombre de la comunidad, que tenían el gran deseo de que el diez por ciento de las entradas le fuese entregado a beneficio de la parroquia.

 

El monseñor, con el índice derecho recorriendo reiteradamente los “noventa” grados de la oscilación que unen el cielo y la tierra, dijo que la exposición del visitante carecía de errores doctrinales, y por ende nada obstaba para autorizar su presentación. En nombre de las almas a su cargo, desde ya aceptaba que le encomendaran el dinero de las entradas del diez por ciento del total de las personas que asistieran a ver al chino. Con ese dinero el clero local podrá escribir unas trascendentales reflexiones sobre las claves del pensamiento actual para esclarecimiento de la feligresía toda, y para cuya posterior publicación, también desde ya agradecía el apoyo que oportunamente recibiría de R y N.

 

Preguntando a cuánto ascendía la suma recauda la noche anterior, despidió a Noel con una bendición augurándole el mayor de los éxitos.

 

Noel fue derecho a ver a Rativ y le dijo que todo estaba listo. Que el cura le había pedido el veinte por  ciento de las entradas y que él había logrado arreglar el tema con el quince de cada noche.

 

Avisadas las otras figuras locales, se armó nuevamente la comitiva para ir a ver al chino después de la siesta. Llegados al hotel, se enteraron de que el oriental había salido al alba y regresaría a la caída del sol.

 

Noel, que ya había asumido de facto la voz cantante del grupo, dijo:

 

–       No podemos perder tiempo. Veamos si R&N nos pueden hacer otra vez el favor de ir organizando una conferencia para mañana, que seguro harán todo lo necesario para que resulte un éxito tan rotundo como el anterior. Somos amigos y apuestan por la ciudad. Mientras ustedes buscan al chino, yo le voy a pedir el favor a R&N. Tal vez tengamos que aceptar que la entrada sea un poco más elevada . . . por la premura del caso. El que encuentre al chino avisa a los demás y nos juntamos en un rato.

 

De dos en dos, a excepción de Noel, sin muchas ganas y menor convicción aún, partieron en distintas direcciones.

 

A la hora, una de las parejas exploradoras, encontró al chino en la playa. Sentado sobre la arena en posición de meditación, apenas cubierto por una suerte de chiripá, estaba de cara al mar, totalmente inmóvil.

 

Uno de los buscadores se quedó como para asegurarse de que no lo volvían a perder, y el comisario, que era el otro sabueso de esta pareja, partió raudamente en busca de los demás integrantes de la comitiva cortesana.

 

En menos de media hora todos estaban reunidos en la playa, esperando que el chino hiciera algún movimiento para abordarlo con la nueva propuesta.

 

Cuando el lucero vespertino hizo su entrada en escena, el chino empezó a levantarse y a vestirse lentamente, y la comitiva a aproximarse en silencio al sitio del meditante, tendiendo espontáneamente a formar un círculo entono al ignoto oriental.

 

Cuando el chino abrió sus ojos luego de unas inspiraciones muy profundas y lentas, se encontraba en medio del ring de rostros públicos, al tiempo que, Noel con un paso largo y decidido se situaba, cara a cara a poca distancia de él para decirle:

 

–       Eminente caballero que te has dignado salir de entre las milenarias murallas para traer buenas nuevas a estas costas anhelantes de sabiduría, ha sido tal el impacto de tu presentación pasada que la comunidad local sedienta de tu trascendental elocuencia, desea tener el honor de volver a escucharte. Y para ello ya han organizado una importante recepción, de la que Ritav y Nitram te extenderán un certificado oficial firmado ante notario . . . , etc.

–       La cita es mañana a las veinte. Mis asistentes te pasarán a buscar unos minutos antes por el hotel. ¿No es así caballeros?

 

Y dando por concluida la negociación acompañaron al chino hasta el hotel. Él en silencio y ellos hablando del tiempo.

 

Llegada la hora, la sala estaba colmada y el chino volvió a ingresar a ella, como baldaquín en procesión, rodeado de todos los comisionados locales y sus adeptos más comprometidos.

 

Esta vez Rativ hizo la presentación destacando la sensibilidad de la población por las cosas nobles, la idoneidad de la administración local al apoyar tan decididamente la cultura, la bonomía y generosidad del cura párroco, y la evidente profesionalidad de R&N, esto último acompañado de un derroche de auto-lustre dispensado sin empacho alguno.

 

El chino volvió a ocupar el centro del escenario, y en medio de una expectación mediática dijo:

 

–       Muy buenas taldes señolas y señoles: ¿sabéis de qué vamos a hablal hoy?

 

Noel pensó: “chino de mierda otra vez con el mismo verso”, y otro de los asociados de R&N, en sintonía con él, dijo desde el centro de la sala:

 

–       Si maestro, hoy ya tenemos una idea de lo que nos va a hablar.

 

Ante lo cual el chino respondió:

 

–       Si ya tenéis idea de lo que vamos a hablar, entonces no hace falta que peldáis vuestlo plecioso tiempo escuchando lo que ya sabéis.

¡Muchas glacias! ¡Buenas noches!

 

Dando así por terminada su alocución, y caminando como Carradine sobre papel de arroz inició el descenso de las tablas en dirección a la calle.

 

En esta oportunidad, en vez de respiraciones profundas se empezaron a notar unas improntas con tendencias de bufido, pero rápidamente unos de los jerarcas de R&N dijo a viva voz:

 

–       ¡Maxima cositio, maxima sapientia! Otra magistral lección de sabiduría oriental.

 

Y una ensordecedora ovación se desató en la sala disparada por los convenientemente adiestrados muchachos de la barra de R&N, al final de la cual todos fueron invitados a tomar un café en Rambler para discutir las trascendentales consecuencias de la sentencia proferida por el chino.

 

Onzebol Nitram, esa noche convenció a Noel y a Rativ de que ningún forastero de ojos rasgados se salía con la suya en esas pampas orilleras, y haciendo cuentas de los ingresos por entradas y cafés, los convenció de que había que organizar una tercera conferencia. Rápidamente en eso quedaron.

 

Al mediodía siguiente invitaron a comer al intendente, al comisario y al gerente en el restaurante más paquete. Una vez ingeridos los exquisitos platos costeros, generosamente regados con el mejor vino, iniciaron una sobremesa con scotch a granel, y durante la degustación del café expusieron el plan de la tercera presentación.

 

La comida finalizó al mismo tiempo que la hora de la siesta, y con el argumento de que no había tiempo que perder, salieron con el trío de adobados en busca del chino, que esta vez tampoco se encontraba en el hotel.

 

Recorrieron en patrullero todas las playas y la ciudad sin dar con rastro alguno del amarillo ejemplar. Medios dormidos y al borde de la deserción el intendente pidió que rumbearan en dirección al pinar porque necesitaba una escala técnica.

 

Pararon entre la arboleda. Al rato regresaba el intendente agitado, abrochándose los últimos botones del pantalón y gritando:

 

–       Está allá. Lo he visto. El chino está en medio del bosque.

 

Repentinamente recuperados de la modorra todos bajaron del patrullero y liderados por Noel se dirigieron a paso apurado en la dirección que había señalado el intendente.

 

Al llegar al sitio, encontraron al chino sentado sobre la pinaza, apenas cubierto con su chiripá, mirando en dirección al poniente. Febo bajante se divisaba como una gran naranja dorada por entre los árboles, y el chino inmutable no daba señales de haber percibido su presencia.

 

Guardaron silencio a espaldas del meditante y cuando empezó a moverse, comenzaron a rodearle en silencioso sigilo.

 

Noel volvió a adelantarse, tomó la prenda que estaba en el suelo, y alcanzándosela desplegada al maestro le saludó con una gran reverencia.

 

Acto seguido, mientras iniciaban la larga caminata hasta el hotel, Noel desplegó un monologo que duró hasta que llegaron al hotel, y del cual no se ha podido transcribir su contenido dado que ninguno de los presentes fue capaz de recordarlo. Pero a consecuencia del mismo el chino quedó comprometido a presentarse una vez más, y el trío encargado de traerlo a la sala del teatro la noche siguiente.

 

Esta vez el lema de la propaganda callejera rezaba: Finalmente la revelación del misterio oriental tendrá lugar esta noche a las veinte en la sala del Teatro Monumental. Nadie que haya asistido las noches anteriores se puede quedar con la incógnita, y quienes aún no han asistido tienen la oportunidad de sus vidas. No se lo pierda. ¡Última oportunidad de estar con el gran maestro oriental!

 

Como ya sabían los sofistas de la antigua Grecia, el pueblo al que le gusta escuchar las mentiras que fomentan su ego, siempre vuelve a tropezar con la misma piedra, y paga cada vez más caro su empeño. La sala estaba repleta y tuvieron que habilitar de apuro el gallinero que hacía años no se usaba ni en temporadas de verano ubrerríma.

 

Para quien estaba atento a los detalles, esta vez resultaba evidente que al chino lo traían. Para el vulgo la procesión se veía como las dos anteriores.

 

El intendente, argumentando que gracias a él se había logrado encontrar al disertante, exigió ser él mismo quien pronunciara las palabras de apertura, a lo cual Noel asintió y accedió complacidamente.

 

El honorable comisionado dijo que el progreso de la ciudad estaba en las mejores manos, y de seguir la población con la clarividencia de optar por su partido, él le auguraba a la Atlántica, y a cada atlantiquense, un futuro próspero en el que, gracias a las sólidas políticas liberales sobre las que basaba su plataforma, llegarían a ser todos jóvenes, ricos y famosos.

 

La popular comenzó a inquietarse, y sin los esperados aplausos para el intendente, el chino fue empujado al centro de la escena por tercera vez.

 

–       Muy buenas taldes señolas y señoles: ¿sabéis de qué vamos a hablal hoy?

 

Habiendo cobrado todas las entradas, Noel, R&N y todos sus prosélitos, ya se había tomado las de Villadiego, pero como en todas las artes, nunca falta algún aprendiz diestro y avezado, un joven Mickey Mouse de la primera fila dijo:

 

–       Maestro: esta noche, algunos sí sabemos lo que nos va a decir y otro no.

 

El chino, sin mover siquiera sus brazos debajo de las vestimentas, dijo:

 

–       Muy bien. Van ploglesando lápidamente. Aquellos que saben de que vamos a hablal que le expliquen a los que no saben.

¡Muchas glacias! ¡Buenas noches!

 

Y se retiró de la sala desapareciendo definitivamente del pueblo.

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