Romance de la higuera y el olivo


La higuera del Nono Luis y la Nona Clorinda

 

Cuando la Cruz del Sur empezaba a subir, en el cielo, durante el comienzo de la primavera; comenzaban a aparecer las brevas, en la higuera enorme que había en el patio de los nonos, al fondo, en un gallinero que nunca vi con gallinas, y al cuál, para entrar, teniendo puerta, siempre saltábamos el alambrado o tejido… como quién hacía un gran salto atlético; el cuál solía terminarse con un – Jahhhs ! – de quién acaba de ejecutar una pericial maniobra física, dándose vuelta para mirar, y… ver la mirada matera del Nono Luis, parado en la veredita de ladrillos, unos 25 mts mas atrás, o en su defecto la vista entre levantada de la nona, sentada en la galería, que cebaba mates, o tejía para el próximo invierno, aprobando o reprobando nuestra… picardía?

Después de –HOLA NONO/A,VENGO A BUSCAR HIGOS..- dejando la bicicleta apoyada en el aljibe, que al salir se encontraba apoyada en la pared, dado que el nono solía poner orden sin ordenar, había que ir al cuartito a buscar la escalera “petisona” que allí guardaban.

Llevándote por delante, de apurado “al cuete” nomás las alpagartas/zapatillas “de las tareas” (por así denominar al calzado que usaban para andar por el patio o hacer la quinta o limpiar), que la nona o el nono guardaban también allí; veías la palangana de metal en el soporte de hierro, como si fuera una pila bautismal.

Buscar la escalera en el cuartito era en parte, un obligado pase cercano a la “posible zona de caramelos”, que no siempre, pero alguna vez se encontraban en el armarito del fondo y hasta llego a pensar, quedaban allí con ese propósito.

En casa de los nonos, siempre había caramelos o galletitas dulces, pero la “picardía” de tomar algunos sin pedirlos, era más atractiva e “intrépida”…

Sabíamos que nos miraban crecer, fueron muchos años de ir a juntar brevas o higos… hasta 4 veces en una temporada.

Éramos aventureros “como en las películas” en ese momento, en que subir a la higuera, era como estar en algún monte, mangrullo, o simplemente arriba del árbol mirando los animales, en una imaginaria sabana de la, también imaginada, África de nuestros libros.

Y subir a la higuera para alcanzar los higos era la parte más “picante” … el que se quedaba abajo  o en la escalera, con la bolsa abierta y sin apoyar en el piso para que no se rompieran los primeros higos que caían, sufría impaciente que el “trepador” se cansara y cediera el turno.

Cortar los higos tenía su ciencia, no porque cortarlos fuera algo muy complicado, sino porque cortado y en la mano, largaba parte de un jugo blanco, que te picaba las manos, además de que quedabas endulzado por el néctar del fruto.

Al cuarto o quinto higo, ya te sentías canchero en eso de “juntar higos”…

JE!, no es pa’ tanto! – te decías; y casi al mismo tiempo mirando para cualquier lado manoteabas uno que estaba bien madurito y se te desarmaba en la mano, enchastrandote hasta el sobaco…. Cuando no agarrabas uno que tenia una abeja haciendo su labor y entonces querías bajarte de la planta como agua del cerro, inventando, para que subiera el otro, que tenías que ir….al baño.

El baño al que te rajabas, era en realidad al del fondo, donde había una base hecha de cemento, con un agujero simplemente, y cerrabas la puerta para que no te miren…

Ir al otro baño, significaba alejarse demasiado del “lugar de los hechos” y el lógico retardo al volver.

Cuando el apuro no era tal, te ponías a jugar a embocarle al agujero, con destreza, que si bien tenías, dejabas de lado por diversión, y para hacer tiempo.

Cuando salías mirando como quién sale de paseo, al que había tomado turno en la higuera, con cara de alivio, el nono venía con la latita de creolina (Fluido Manchester) y te cedía la tarea de corregir la macana que habías hecho en el baño.

Después te ibas a la “pila bautismal” a lavarte las manos con jabón de la ropa, antes de volver a la higuera.

-Me das una “tovalla”, nono – que ya iba por su quinto mate, agarrando el sexto de la mano de la nona; quién en realidad traía el paño y te lo daba diciéndote – Después déjala colgada en el “fierrito” a la “toalla” – marcándote justamente, para que te rías.

Con la bolsa llena, saludabas y te volvías a casa.

Me acuerdo del nono cerrando la puertita de metal del “portonazo” que había para

entrar al patio, y desde allí te miraba arrancar con la bici, o te ayudaba con un empuje.

Recuerdo sus caricias en el pelo, y el beso de la nona Clorinda…

Quién me enseño la aventura de juntar higos fue el tío Diego.

La primera vez que me llevó, fui sentado en el caño de la bici…yo tenía casi 8 años.

El olivo del  Nono Juan y la Nona Luisa

 

Después de recién comenzado el otoño, cuando Sirio empezaba a brillar mas fuerte, y la luna llena invadía la noche de nuestro cielo, había que realizar la anual tarea de buscar ramas de olivo.

El patio de los nonos, no tenía límites y nuestra imaginación, desde el trayecto de casa a ese patio… tampoco. Siempre fue así, incluso cuando ya no era tan niño, ir a la casa “del Porlo”, era una aventura en muchos sentidos… de arranque ya sabíamos que el premio nos esperaba allá.

Entrar por el patio, por cualquier lugar, y cada vez, por un lugar diferente, sin una razón o una lógica que recuerde, simplemente esas cosas, que de niños nomás se entienden.

En el taller solía estar el nono Juan, o en su escritorio, haciendo algo, o leyendo revistas o libros que tenían las hojas amaaaaaaaaariiiiii…llas…. de tan gastados o viejos que eran.

Hola nono…- decías acomodándote en el primer lugar disponible para sentarte, no siempre en una silla, no importaba donde, para cuando él reaccionaba, ya estabas listo, y empezar lo que había para escuchar…. Si entrabas por el taller toqueteabas todo preguntando hasta que te prestaba atención (eran milisegundos) y te acomodabas para escuchar.

– Que lees? – era la primera frase, el resto se lo dejabas a él hasta que, hábil orador y relator, dejaba el espacio para otra pregunta, en algún momento.

Hablaba de tantas cosas como se te pasaran por la cabeza, de las que vos proponías, y generalmente, de las que él contaba porque le interesaban.

De aviones, trenes, autos, historia, geografía, de su infancia, de la época de su infancia, de los viajes, de herramientas…. “de artesanía” , de libros, de fotos, de física… de todo lo que se te ocurra hablar, y solo por mencionar lo primero que me viene a la memoria.

De pibe antes, de que fuera de Garetto como boyero, mi mama me mandaba alguna

vez a comprar a la mercería – así lo escuché empezar mas de una vez una anécdota

que él contaba.

-Entonces..- decía, agarrando una hoja con algún espacio blanco y un lápiz de carpintero con la punta pelada de ambos lados…

– …mi mamá me enseñó para que no me olvidara lo que iba a comprar …- continuaba: -…yo tenía que decirle a la vendedora del boliche … porque antes no todos hablábamos en español, en mi casa se hablaba en dialecto también…- seguía diciendo –… tiene como 40 dialectos Italia…- solía dejar en un silencio donde preguntabas:

TANTAS FORMAS DE HABLAR EN UN SOLO LUGAR ? Y COMO SE HABLAN ?- dado que no se entendía semejante cosa.

-…es que cada región tiene su dialecto, que no son lenguas, pero para hablar con losde otra región usan el italiano…– cerraba el asunto.

A esa altura solía pasar la nona, o ibas a hacer pis, entonces te encontrabas con ella,

sentada tejiendo o en la máquina de coser con los pies apoyados en el borde de una

lata de dulce de batata con brasas adentro, para calentarse los pies.

– Que haces Martinchu ? – solía saludarme.

Cuando volvías con el nono, había acomodado el papel y continuaba el relato…

– Entonces, mi mama me dibujaba. mientras me decía en dialecto…Tenes que decirle: Hola Doña…como era que se llamaba?….mi mama me manda a buscar dos botones…. – relataba el nono Juan, y dibujaba:

-…y un pedazo de hilo …- decia el nono

– ...y algunos alfileres también – seguía dibujando.

-…también necesito una aguja …- y agregaba al dibujo:

… para que no se me pierda nada en el camino, envuelvamelo Doña…no me puedo acordar el nombre…, y atemeló – y terminaba el dibujo.

-Je.. nono que lindo tu cuento ! – sonreías – …vengo a buscar ramas de olivos para mañana – decías encarando para afuera.

En el patio, en lo que debe haber sido un jardín, allá sobre un costado cerca de “la vereda desbaldozada por el tiempo”, estaba un ejemplar de muchos años, como custodio protegía con sus enormes ramas el resto de la naturaleza que a su sombra había…

Espera que lleve la escalera y una tijera – atajaba el nono cuando ya estábamos queriendo trepar por el tronco.

La nona Luisa aparecía por la puerta de la cocina, riéndose de nuestras patinadas por el lustroso tronco del olivo, y limpiando las brasas apagadas de su “calientapies” casero.

Cortadas las ramas de olivo y lavadas en la canilla del jardín, tirando mas agua sobre la tierra haciendo barro, que sobre las ramas, pasábamos a la cocina-comedor, entrando con “algo” de barro en las zapatillas, pero por el lado del living.

Quizás cansados de corretear y también por la impaciencia que se empezaba a notar, íbamos en derredor del nono Juan, a seguir aprendiendo, o escuchando.

En esa escena, recuerdo haber sentido sus relatos, en las tantas veces que me encontré con él.

Como adelantada a los hechos, en la cocina sentías una pava hirviendo y … un olor a buñuelos de la nona, no muchos, pero eran ricos… empezaba el “rito” de tomar el matecocido y devorar los buñuelos.

No glotar, no glotar ….- aparecía el nono con una tasa de mate desde la cocina

Para cuando el nono estaba sentado en la mesa, después de parsimoniosamente, entre charla va y charla viene, sacar el queso, el dulce, la “bananita”, un chorro de leche, etc etc etc… nosotros estábamos saliendo al patio a jugar.

Jugar a las escondidas en aquella casa era mejor que ir al parque, porque nos metíamos en cuanto recoveco posible había.

Al único lugar al que nunca entré, porque que me daba miedo, era al baño que estaba cerca de la pieza de los nonos.

A la cuarta o quinta correteada, el nono aparecía por el patio sentado en un banco de “fierro”, que había cerca del jardín.

Solía tener unos manuales en italiano: “COME QUANDO PERCHÉ”, de lo que seria 3º y 5º grado en nuestra época, de allí nos hacía leer corrigiéndonos nuestra débil pronunciación.

A mitad de la lectura él tomaba la posta y empezaba otro relato… frecuentemente hablaba de Colón, explayándose en una asombrosa cantidad de detalles que yo desconocía…

La tarde había corrido y volvíamos a casa con el olivo.

Chau nono ! – decíamos saliendo después de saludar a la nona, que entre sus abrazos me había despedido con – Chau Martinchu !!…-

Ahh ! dice el “pare” (por el nono Rafa) que mañana vayan a comer a casa … casi me olvido –  me acordaba ya llegando a la salida.

…veo la imagen de la nona Luisa teniéndome de la mano, ya saliendo a la calle, a Luciana de pañales todavía, en brazos de la nona Norma, dentro del DKW, y a Mónica y Carlos de la mano del nono Rafa…es mi primera noción de aquella casa y los nonos….

Respecto a los manuales… todavía los conservo conmigo y al abrirlos el olor al nono Juan se hace presente, permaneciendo en el tiempo

– Bueno… se me secó la lengua… –

——

Cómo es de pensar, prestando atención hasta aquí, en todo romance hay un encuentro…  en algún momento del mismo…

——

Domingo de Ramos, de hace unos cuantos años ya…

 

Amanece el domingo, no como cualquier domingo.

Saliendo por la puerta del dormitorio, para bajar la escalera, el día tiene un cielo azul, y el aire fresco llena los pulmones, al oeste ves la luna apagándose entre las ramas del fresno callejero…

Abajo, ves al nono Rafa, entrando a la cocina con pan recién comprado.

Bajando te das cuenta que un cordón de los zapatos lustrados ayer por la tarde no está atado como corresponde, y con el pie apoyado en un escalón le das su merecido a ese “insurrecto”.

Pasas por la cocina medio “lagañao” porque no te lavaste la cara, y vas a encontrarte con el agua fría para despejar los “farolitos”…

Después, empezás a peinarte con la “Glostora” del nono, o la gomina de alguno que vino de Córdoba. Parado sobre la tapa del inodoro para verte en el espejo le das “lustre” al pelo y cuando quedas conforme… te ves que linda es la ropa para ir a misa…

En la cocina está el desayuno esperándote, entras y vas a sentarte cerca de la mesada de mármol, junto al resto de la patota.

Con una mano en la tasa de mate cocido con leche… calieeeeeeeeeenn..te, y en la otra un pan con dulce casero que el “pare” y la “mare” preparan con destreza y abundancia; empezás a comer viendo el frasco, que alguna vez fue un envase para aceitunas,  hoy contiene dulce de higos.

El mismo dulce que hiciste con la nona Norma en esa olla enorme, que había que levantar de a dos, y al cual, fuiste a revolver varias veces hasta que estuvo listo… hecho con los higos del Nono Luis.

Sobre la otra mesa, atados con piolín lonero como manojitos, ves los “ramos” del olivo; uno al lado del otro sobre una hoja de papel de diario…Te esperan para ir a misa…El olivo que cortaste ayer en lo del nono Juan.

Terminas el desayuno y vas a ponerte el perfume, agarrando la botella que usualmente la nona Norma deja a mano… pero vos usas el que está adentro del ropero, (medio tapado con un pullover azul, de cuello alto)…

El pare te da un ramito, y en el apuro no te huele bien, pero te mira que las orejas las tengas limpias, y que estés bien peinado, revisa que te hayas puesto bien el cinto.

Decís – “chau pare” – y te unís a los otros, caminando de la mano… y algunas veces, también, de la mano de la Nona Norma, vas a rumbo a misa de Ramos, viendo a Leones en un domingo diferente a esa hora de la mañana.

En una cuadra mas allá se une el “Vitín”… nuestro amigo… de las travesuras de barrio… y de todos estos años.

Mucho tiempo después se reirán juntos recordando con cariño en el tiempo estas cosas…Y OTRAS TANTAS TAMBIEN !!!

La gente esta toda allí, en la calle en torno a un altar improvisado, ves muchas caras, y muchos ramos.

Siempre me acuerdo de una pariente de los Bianchi, que venía del campo, con un hijo mayor que nosotros.

Ella era bajita, y si la mirabas bien tenía algunos pelos, como bigotes… y llevaba un ramo grande siempre que la ví… PERO GRANDE ENSERIO !!!, y cuando levantaba semejante ramo, parecía un árbol.

Mezclado entre la gente te arrimas todo lo que podes, y al levantar el ramo esperas una gota de agua bendita vos también.

Esa mañana te sentías más feliz.

La misa termina… empezás volver a casa

Al pasar por la diarería de Rodríguez, en la esquina frente a “La casa de las lanas”, compras “El Clarín” para el pare… pero antes te paras frente a la estantería de las revistas, y miras que van a comprar, si será una de Disney, el Anteojito, la Lupín… querés llevarlas a todas esas… fieles compañeras del “acovache terapéutico”.

Siguiendo camino pasas frente al cine Italiano y miras en la fachada… allá arriba lo que está escrito y mironeas las fotos en la óptica de los Godino.

Esta vuelta te tocó el diario, la revista la va leyendo otro hermanito.

Acercándote a casa ves un Fairlane verde y un Valiant gris estacionados… los nonos están en casa, vinieron a comer, síntoma de….”ahora sí !!!”

Hoy la mesa esta llena y las puertas del living que estuvieron inmóviles mucho tiempo están de par en par.

Ves a los nonos con el Rafa cerca del asador, cumpliendo parte de un sabroso ritual.

Las nonas mas acá charlando “de Usté” entre ellas… entregas tu bendecida carga, y “relojeando” un Nebiolo sobre la mesa, empezás a poner la mesa.

Bueno… ¿debo contar como es “nuestra mesa” a la hora de comer?… No me alcanzarían tantas palabras y tantas imágenes juntas, porque para saberlo hay que probarlo… quien conoce como es, como dijo el “Maestro Oriental”, que le cuente a los que no saben…

Lo que si hay que contar, es que en este “romance” de higos y olivos, la mare y el pare solían regalarle a los nonos un frasco de dulce de higos, con los merecidos comentarios sobre el dulce: “que esta vuelta le puse… (decía Norma) …y salió mas así o asa

Y los ramos tenían un destino que eran los crucifijos que en casa había en cada habitación, poniendo en cada uno de ellos una ramita del nuevo olivo bendecido renovando la que habíamos puesto el año pasado…

Cuando la luna empezaba a asomarse por el este, y el Lucero la acompañaba un rato después, el cielo se iba apagando serenamente, y habiendo planchado tu guardapolvo para ir a la escuela mañana, ibas a buscar el sueño otra vez.

domingo 3 de abril del 2005 

día de la Divina Misericordia

(con Juan desde España y Cecilia desde Mar del Plata, y con los pies sobre la tierra…)

—–

Al terminar este relato, sin querer oscurecer aclarando…

En todas estas líneas, no hay un solo día, no es un solo momento, sino muchos días y muchos momentos, que son de una etapa en la cual sucedieron.

Y contar cada uno por separado llevaría hacer capítulos y capítulos… entonces junté en un “lugar”, como una foto, o un solo cuento (QUE DE CUENTO TIENE POCO), hechos ciertos (al menos 3) de esa etapa, en el Domingo de Ramos.

Lo que esconde detrás este relato, que pude, no sin un esfuerzo por recordar sin distorsionar, es que al mirar las estrellas, mis abuelos me sonríen desde allá arriba… Y son sin duda, a través de esta anécdota, los que reconozco como mis primeras estrellas, las que quiero mirar siempre con ojos de niño, en el testimonio de lo que me dieron.-

22 de enero de 2011

Aún sigo queriendo estos recuerdos, así, a través de los años, este refugio de la memoria me sigue trayendo la emoción a los ojos.

Pienso en la máquina del tiempo que me haría falta para volver a ver a mis nonos. Cuantas cosas necesitaría agradecerles todavía.

Uno crece viviendo la vida y a veces se detiene en la banquina no por el hecho de querer retroceder un poco, sino tan solo para abrazarse con el amor recibido.

Sin duda, queda siempre la esperanza y la seguridad de encontrarlos en la mirada de nuestros hijos, en la sonrisa y las muecas que son el sello de fábrica… y, también, seguramente, en el Paraíso en el que nos esperan.

El desborde afectivo de los abuelos con los nietos, es sin duda la confirmación justa de la siembra provechosa de quienes nos precedieron en la vida.

Martin Ravasi

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