Al compás de las letanías y con paso cansino sus pies sobre la arena desplazaban. Hacía varios días que habían dejado los montes, y un par al menos que caminaban a orillas del mar.

Febo había iniciado su descenso hacía algunas horas cuando sobre el horizonte divisaron un caserío. La posibilidad de encontrar cobijo renovó las energías por el hambre y la sed minadas.

De la retaguardia que había ocupado en las últimas horas, el joven monje tomó la delantera en la marcha y casi parecía anteponer los “ora pro nobis” a las invocaciones que con inalterado ritmo los labios y el corazón del maestro pronunciaban.

Muy pronto las coloridas paredes mediterráneas fueron totalmente distinguibles y al poco rato entraban por la calleja principal a la luz de los dorados reflejos del poniente.

Atravesado diametralmente por un empedrado que va del mar hasta los montes bajos detrás del poblado, el círculo de casas, como un par de resguardantes manos, rodean la plaza con su fontana.

Bebieron con moderación, sin apuros y refrescaron sus rostros.

-Maestro, ¿voy a pedir algo de comer antes de que oscurezca?

-Vamos juntos hijo

-¡Que el Señor les bendiga! ¿No tendrán algo para que este pobre par de mendigos cene?

Una tras otra las puertas y luego las ventanas se fueron cerrando sin respuesta.

El joven intentaba iniciar otra vez el círculo de pedidos cuando se dio cuenta que su maestro había juntando un par de piedras grandes como zapallos y las llevaba en dirección de la fuente de agua.

-En nombre de San José, ¡ve a juntar un poco de leña Reginaldo!

-Pero maestro ¿para qué queremos fuego si aquí no hace frío?

-Reginaldo, trae por favor un buen manojo de leña que con la ayuda del  Señor, haremos una sabrosa sopa de piedras.

Reginaldo sintió un poco de pena por su querido Maestro, pero más grande era su amor que su duda y regreso ya casi a oscuras con un atado de leños sobre sus espaldas.

-Hijo, golpea un poco las piedras, mientras yo enciendo el fuego.

Al momento una fogata iluminaba el caserío, la plaza y un rostro que se aproximaba al son de las pedradas.

-¿Que pasa aquí? ¿Qué pretendéis hacer?

-¡Sopa de piedra! contestó el maestro.

-¿Sopa de qué?

-De piedras, hijo, . . . de  p i e d r a s.

-Vamos padre, eso es imposible . .  . ¡que este pueblo no es el de las bodas de Canaa!

– ¡Conque necesitáis ver para creer! Pues, si tiene una olla que prestes te enseño como hacer una exquisita sopa de piedras.

Y regresaron dos, con la excusa de traer la olla que tenía dos manijas. Pero el segundo no pudo aguantar y preguntó si era cierto lo que le había contado Alberto.

-Efectivamente hijo. ¿Tu también quieres ver? Pues si tienes un puñadito de sal y lo traes, también a ti te voy a enseñar a hacer sopa de piedra.

Vino el de la sal y con él, la madre que le regañaba por su credulidad. Y también ella le inquirió al viejo monje si era verdad lo que su chicuelo le estaba diciendo. El maestro afirmó al joven en su expresión e invitó a la señora a traer alguna sobra de pescado que tal vez tuviera por allí.

Luego unas patatas otro, un trozo de zapallo éste y unas habichuelas aquel.

Ya se pueden imaginar el fin ¿Verdad?. El fin y la moraleja.

Recordad: La sopa es imposible sin mi contribución, . . .

y además  …  ¡sabe mejor cuando tiene algo de mi cosecha!

Este es uno de los cuentos que, con mis hermanos, le pedíamos al Nono Juan que nos contara cuando éramos niños. Con el paso del tiempo la memoria gusta regresar a aquel manantial de alegrías, y hoy lo escribo con una ambientación imaginada por mí, en la esperanza de que la lección contenida en el relato, nos ayude a construir en unidad. VA, 99.

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