Era un hermoso día de primavera. De esos días luminosos en que todos los colores del arco iris parecen aposentarse sobre la superficie de la tierra, dando a la realidad ese acento cromático que nos llena de colores el corazón y el alma. Tal era el tono vital de aquella jornada en la que aconteció lo que motiva este recuento.

Serían entre las doce y la una del mediodía, cosa que, nos es posible estimar, tanto porque a esa hora es dado pensar que Luis se dirigiera a la Casa de la calle Belgrano después de su turno laboral de la mañana, como por la hora en que el otro personaje de nuestro relato se hallaba en pleno ritual, cosa para lo cual era bastante preciso, como suele ocurrir a todo hombre atento a su reloj biológico.

La escena tiene lugar, en uno de esos espacios que han quedado de lo que otrora fuera una plaza de renombre. Una que supo ser, tal y cual acostumbramos imaginar las plazas. Es decir, fue antaño, un espacio sin calles de por medio como es ahora, y en el cual había bancos, árboles, alguna fuente de agua, pajaritos y gente sentada mirando a los niños columpiarse. Claro también hay en las plazas gente de paso, pero esa gente que pasa caminando y disfruta al atravesarla, digamos que sólo disfruta de la plaza a medias, porque una plaza parece que es en esencia un lugar para encontrarse, así como los lugares para caminar son los senderos aunque uno pueda eventualmente sentarse a descansar en ellos.

Bueno, “nos estamos yendo un poco por las ramas” como diría uno de nuestros personajes. La cuestión es que ya tenemos indicios claros sobre el lugar y el tiempo del hecho. Como debe ser, ya que para ordenarnos es tan importante saber de qué se trata la cosa que estamos considerando, como tener una referencia clara del tiempo y del espacio en el que nos situamos.

Sea pues. Nuestro pedestre personaje veinteañero se dirigía desde el centro de la Docta hacia la Calle Belgrano. Su meta estaba situada sobre la calle del prócer, entre San Luis y Laprida, donde en esa época teníamos la guarida varios oriundos del Moño[1].

Trabajaba en el Banco o en la Biblioteca, ahora no lo recuerdo; pero el hecho es que había salido en el entreturno de mediodía con la intención de comer algo, aunque sea un poco de arroz con sardinas, con aceite y todo lo que la lata contenía, como solíamos realizar nuestras ecológicas ingestas integrales en aquella época.

Venía caminando por Avenida Vélez Sarfield y al cruzar por la plaza homónima para tomar la cortada que desemboca en Belgrano y Montevideo, se topa con un abuelo que, sentado a horcajos en un banco de cemento de la plaza, había desplegado el papel blanco del envoltorio, a modo de mantel, y tenía frente a sí una bandeja con un pollo al spiedo, una bandejita con ensalada rusa, un pan casero, un tres cuarto de tinto, una botella de agua mineral y hasta ¡una copa! . . . además del diario en un bolsillo del saco.

A esa altura de las emociones, las invocaciones a la compasiva Providencia por la dotación diaria del anhelado arroz, quedaron ahogada en un tragazo de saliva detonado por la escena surgida en el horizonte perceptivo; y a la vez, el decurso de su trayecto sufrió una pequeña perdida de rumbo, a punto tal que, como veremos, Luis estuvo a menos de un paso de caer sobre un rosal.  ¡Menos mal que iba tarareando aquella hermosa canción[2], . . . pues le resulto profética!

Es que al ir variando su derrotero, atraído por el espectáculo, también fue cambiando de posición de contemplación escénica hasta quedar casi de frente al geronte y su báquico despliegue. Y como su mirada estaba puesta en el banquetillo, no vio que se le interponía una señora . . . . planta de rosas . . .

¡Imaginen la escena! ¡Veramente una ópera mangia!

A punto de aterrizar sobre las bellas . . . espinas, toma conciencia del obstáculo y simultáneamente reconoce al almorzador . . . ¡pero si no es ni más ni menos que Don Juan! el llamado cenador[3] en el campo de los Garetos, familiarmente conocido como el Nono Juan, alias el Porlo[4], cariñosamente el Porlito.

Al andate con moto de esta obertura, se agrega ahora como portal al desenlace, un stacato ocular, que aumenta la tensión del drama . . . y es que a ese punto del desarrollo dramático, el Nono había detectado al Caballero andante a punto de empuarse las vísceras . . .

Doblemente cruzadas sus miradas, la de Luis centrada en el pollo y la del Nono en el rosal, no le quedó a Luis otra alternativa que frenarse en seco y saludar al mismo tiempo.

–       ¡Buenos días joven! contestó el Porlo ¿Quién es usted?

–       Don Juan, soy Luis el amigo de su nieto. . . y no pudiendo sustraerse a su buenas costumbres . . . y al tema principal de su partitura estomacal, agregó ¡Buen provecho Don Juan!

–       ¿Querés una patita de pollo? Preguntó el Nono . . .

–       Y no me vendría mal . . . a esta hora . . .

Bueno, el resto se lo pueden imaginar. Se cuenta que quedaron ambos a caballo del banco, hablando de filosofía, y que al momento de marcharse lo único que quedaba para guardar era la copa, que previo enjuague con las últimas gotas de agua mineral Villavicencio, el Nono puso en el otro bolsillo de su saco.

Cuando tiempo después le comenté al Nono lo que me había referido Luis, me contestó: “A sí un amigo tuyo que el papá es de la clase de tu viejo. Esos son buenos amigos”. Y prosiguió con el desarrollo de su famosa lección sobre la ley de Ohm[5], o alguna otra que si algunos me ayuda a recordar, tal vez tengamos la alegría de compartir en otro Recuento.


[1] Ver el Recuento “Un Moño de progreso”

[2] Aquella en la que se canta “no hay espinas sin rosas”

[3] Ver el Recuento “El cenador”

[4] Ver el Recuento “Voy por lo Juan”

[5] Ohm descubrió que la cantidad de corriente que pasa por un circuito es directamente proporcional al voltaje aplicado e inversamente proporcional a la resistencia del circuito. En notación compacta: I = V/R – Donde V es el voltaje, I la corriente, y R la resistencia. Esta relación entre el voltaje, la corriente y la resistencia se conoce como ley de Ohm. Así pues, para un circuito dado de resistencia constante, la corriente y el voltaje son proporcionales. Esto significa que si se duplica el voltaje, se duplica la corriente. Pero si se duplica la resistencia de un circuito, la corriente se reduce a la mitad. ¡Y si no me creen pregúntenle al Tío Luis!

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