* por Benjamín Ravasi-Rosso

Estoy harto, harto. ¿Ustedes se preguntarán de que? Es verdad, en realidad no tendría que estarlo. Soy un chico normal, alegre, voy al colegio, me entusiasma hacer distintas actividades, me gustan los deportes, me gusta estar en familia…, en fin, llevo una vida normal y corriente. Lo único que me molesta, lo único, es tener que estudiar el clarinete.

Empecé a estudiar el clarinete hace dos años, cuando mis padres decidieron que tenía mucho tiempo libre. Desde entonces estoy condenado a estudiar una hora por día y a asistir a clase una vez por semana con mi profesora particular, a quien al parecer lo único que le importa es cobrar su sueldo y que alguien algún día llegue a ser como ella, pero eso es otra historia.

Ahora bien, creo haber descubierto que los hartazgos también parecen tener solución y  por eso les quiero contar algo. Escuchen lo que me pasó.

Un día estaba por entrar a la sala de música de mi casa y escuché una melodía. No era una melodía cualquiera. La conocía, y la conocía bien. Creí que me la estaba imaginando dentro de mi cabeza ya que la tocaba todos los días y era mi tortura a la hora de estudiar. Llegaba a mi oído claramente, con una ejecución perfecta. Me di cuenta de que venía de adentro de la sala de música y pensé que alguno de mis hermanos la estaría interpretando. ¡No! Imposible, ellos no saben tocar el clarinete,  –me dije para mis adentros. Tal vez alguna visita, -pensé. Decidí averiguarlo y abrí la puerta: la música cesó y todo estaba a oscuras. Prendí la luz pero allí no había más que lo habitual y mi clarinete estaba guardado en su estuche. Las ventanas estaban cerradas y la única salida era la puerta por la que yo acababa de entrar.

Dejé pasar lo ocurrido pensando que mi imaginación me había jugado una mala pasada pero, al día siguiente, volvió a suceder lo mismo sin que yo pudiera encontrar  explicación alguna. Esto ya me estaba intrigando.

Me empecé a dar cuenta de que escuchaba esa melodía dentro de mi cabeza todo el tiempo. Soñaba con ella. A veces creía ver a mi clarinete andando por ahí en momentos en que no sabía si estaba dormido o despierto, como una especie de alucinación. La melodía me perseguía y yo tenía que encontrar alguna solución.

Y así fue… Llegó la hora de estudio y cuando me estaba aproximando a la sala de música, decidí que esta vez no abriría la puerta. Espié por la rendija de la llave y allí estaba… Mi clarinete suspendido en el aire movía sus clavijas y ejecutaba la melodía con más perfección que un excelente músico. No podía ser real lo que mis ojos veían, pero sí. Entonces ya tenía la solución a mi hartazgo: ¿Cómo llegar hasta él sin interrumpir la magia de su soledad y apoderarme de su virtuosismo?…

Ahora vuelvo a mi casa después de una hermosa audición. Hoy tuve mi mejor actuación. Mi clarinete sonaba como por arte de magia. Mi familia está orgullosa y me considera un gran músico. Pero, ¿saben una cosa? no me acuerdo, ni siquiera, del principio de esta obra, pues no soy yo quien la interpreta, aunque nadie lo sepa.

Sólo ustedes, mi clarinete y yo conocemos el secreto.

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