Anoche algunos entrañables se habrán reunido entorno al fuego hogareño de San Juan. Por acá, los del lugar hicieron llamas en las playas, la noche del veintitrés. En medio de ambos acontecimientos, otros, familiares de amigos, se reunían para despedir a Adolfo, el Cholín, que ya participa de la matera celestial.

Endemientras, el calor asola estas tierras como si fuera una estepa solar. Tres semanas ya. Tres largas y pesadas semanas en las que el cuerpo pesa una tonelada. Tres semanas en las que la brisa y el viento no acuden a la cita ni juegan en el terraplén.

En la tarde de ayer, sobre la ciudad y los montes al norte, se podía divisar algo que parecía una extraña niebla de ocre tonalidad. Hace cien años que la temperatura no alcanza los registros actuales. En Valencia hace más calor hoy que en Extremadura, que como su nombre señala tiene fama de ser una tierra dura en extremo, porque está allá lejos y porque el clima pone a prueba las piedras.

La niebla, eran nubes con arena. Estamos a unos cien kilómetros de la costa del norte de África y algunos más de tierras desérticas. Este también es, al decir de los lugareños un fenómeno poco habitual. Así como en algunas zonas tropicales, suele de cuando en vez, llover batracios, acá pudimos ver nubes cargadas de arena. No es que el viento arrastre arena. No se trata de una tormenta de arena. El viento arrastra nubes altas, cuyas gotas de agua contienen arena. Estás nubarenas se han elevado del otro lado del Mediterráneo, cruzaron por encima de él y nosotros las vemos pasar. Las vimos pasar digo, porque de lluvia ni que hablar.

Hace días que al verlas, me pregunto, sin aún hallar respuesta, ¿qué impulso lúdico habrá Dios impreso en las golondrinas para hacer que ellas dancen en vuelo por el mero placer de volar? ¿No podremos nosotros los humanos cantar por el mero hecho de vivir?

El calor, la distancia, la muerte, la fiesta, el tiempo, la memoria, y esta pertinaz melancolía que me hace tan patente la presencia de los viejos y la familia lejos, que no dejan de estar acá, con la misma fuerza que la reminiscencia me lleva a los inocentes años de la infancia. También ellos prójimos y lejos. Aquellos tiempos en los que nada estaba fuera de lugar y el dolor era tan fugaz como persistente la sonrisa. Aquellos en los que, al contemplar las estrellas de espaldas sobre el techo nos convertíamos en una cometa interestelar capaz de ver el mundo desde el insondable cielo de la cruz del sur. Las horas eran elásticas, los días largos, la noche amable y fugaz.

De Navidad a Navidad, ese fue el ritmo de nuestro calendario anual, pasaba una eternidad. Para los dieciocho, teníamos quince, faltaba casi tanto tiempo como el que había transcurrido desde el bigbang. Los veintiuno de septiembre siempre se esfumaban a demasiada velocidad. Había que esperar, pero también había tiempo para todo y un poco más.

El calor era un problema de los demás. La distancia ¿qué distancia? ¡Si África estaba a una vuelta de hoja de John Hunter y llegar a la panadería de Fernández nos llevaba nada más que una tarde! La muerte… era algo que le tocaba a los viejos, como a los pájaros, y que hacía sonar las campanas de un modo muy particular. La fiesta… cada día era una fiesta: de los nonos, en casa, en la escuela, en el parque… ¿es que hubo en aquella época diferencia entre la vida y la fiesta?

Recuperar la inocencia, creer, es hoy una tarea tenaz. De cada hora, de cada minuto, y cada destello de conciencia implica un gran esfuerzo por remontar el río de la vida y a la vez estar donde toca estar. En la fuente y en el mar está la energía que lo hace posible, en el presente la oportunidad de vivirlo.

Vivir nada tiene de mero hecho: es el único hecho real, y ello ya es suficiente para que haya fiesta, fogata, canto… y esperanza en la finca celestial.

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