Ventana de Somerville

tú también tienes un lugar ahora,

traspasada por ojos lejanos

sin punto de apoyo fijo

en el distante horizonte,

mojados por las lágrimas

que manan al ritmo de la Mamma

entonada en la voz de Pavarotti

¡Qué potente fuerza se libera

atascada en un atolladero!

¡Que melancolía tan feroz!

Mi cuerpo aquí

mi alma en vuelo

y mi corazón allá,

infinitamente lejos

y profundamente adentro.

Transcripto de la amarilla página con renglones en la que estaba escrita, casi 12 años más tarde, al pie de otra ventana,  reviviendo en la memoria aquellos afectos, aquella música y aquella nostálgica melancolía, perenne compañera que tensa y agudiza todos los sentidos convirtiendo mi ser en un brotadero de sensaciones e imágenes que se agolpan a la superficie de la consciencia con una nitidez asombrosa, poniéndome ante el abismo de la locura que parece asomarse como posibilidad cuando se tiene el cuerpo en un lugar y un tiempo y el alma en otros. En estas circunstancias desfilan por “aquí” el olor a tierra mojada de Leones, el olor del incienso en las celebraciones pascuales con el tintinear de los cristales de la lámpara de techo de la sacristía; el olor a caña quemada del Tucumán; el olor y el intenso frío de los primeros días en Junín de los Andes; el olor de la pensión de la calle Belgrano; el olor de Córdoba, de Lima y el de Nueva York; el olor de Somerville y el de la casa de la calle Knapp; el del metro de Boston; el olor característicos de cada uno de mis padres y el de algunos de mis hermanos; el color del cielo nocturno de Leones coronado por las tres marías que tal vez me acompañara hasta la otra orilla; la claridad del cielo del sur y las estrellas de los gigantes; músicas, imágenes; el andar de la R6, del Ford Fiesta, de la Van y del noble Alliance; cada rincón de la casa de Villa Adela; el recuerdo nítido pero con sensación de algo pasajero del departamento de la calle Bolivia; y tantos otros que no alcanzo a identificar al momento. ¿cómo?

Recuerdo que cuando escribí esto, pasaron por mi imaginación muchas ventanas a través de las cuales se fue dibujando el horizonte de mi vida. La ventana del living pintada de azul celeste y la ventana del altillo en la casa natal con su persianas de hierro, la ventana de la primera pieza en la calle Belgrano alta y gris, el ventanuco del sótano de Chavela pequeño y llamativo, la ventana con barrotes del almacén del Rim 26 con alamos sonoros y el horizonte orlado de montañas limpias y nitidas, y la ventana de Villa Adela puente entre la ilusión y la realidad del amor y el dolor.

Hoy no sólo he copiado aquellas líneas del papel rayado amarillo en el que lo escribí en su momento al vuelo, de rodillas sobre la alfombra bordó y apoyado en el asiento-cajón de madera color gris claro, que había bajo la ventana de lo que fue el escritorio familiar, hoy he estado otra vez allí y desde allí en todos los lugares que menciono en este breve recorrido. No puedo escapar al asombro . . . y no quiero que el asombro me abandone.

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