Ventura

Setimio, sentado al borde de la cornisa, con las piernas colgando, tocaba su flauta armando concierto con sus compañeros de montaña, los multillizos eco.

El otoño se estaba despidiendo, y sus notas eran tan  largas como las sombras y tan altas como las columnas de  humo que se levantaban desde las chimeneas de Ventura  hacia el manto azul celeste de aquella mañana.

Las casas de piedras y troncos se confundían con la  hojarasca, pero cruzado por el arroyo se divisaba casi  dorado el valle en el que pronto le esperaban.

Era ya media mañana. No corría viento alguno y Febo aún jugaba a las escondidas tras los cerros, sin llegar a darle de lleno al apretado conjunto de cabañas que sin embargo bañaba con los reflejos de sus rayos.

Al oír unos gritos dejó de tocar. Alguien venía azuzando su montura y por el corte de las palabras, el jinete parecía más apurado que su jumento. Seguro que monta en burro se dijo Setimio a sí mismo. Y pensó que venía hacia él por haber escuchado la música de su flauta.

Guardó la flauta, se puso de pie y caminó hasta el árbol a cuyos pies había dejado su pequeña canasta.

Al momento un regordete más abrigado que tetera en Escocia, haciendo equilibrio sobre la carga que colgaba a ambos lados de un burro se acercó saludando casi a los gritos.

Luego de bajarse trabajosamente del burro, ofreció a Setimio varios productos que traía consigo. Este le invitó pan seco con leche tibia, lo cual pareció calmar los ánimos del forastero pero no logró ensillar su lengua más que por un corto momento.

Terminada su ración, se acercó al barranco y al ver el caserío montaña abajo, preguntó al pastor cómo era la gente de aquel pueblo.

El pastor, que había guardado silencio todo el tiempo, le preguntó a su vez cómo era la gente del pueblo del cual él venía.

El mercader, teniendo excusa para dilatar su verborrea, empezó a decir que la gente del pueblo de donde él había escapado, era toda desconfiada, entre ellos había muchos deudores y varios estafadores, extendiéndose en acusaciones por el estilo. Y que por esa razón y para mayor fortuna se había echado a la senda en busca de otro sitio con mejores gentes.

Setimio por primera vez le miró de frente y le dijo: Mejor siga usted su camino. La gente del poblado es igual a la que usted ha mentado.

El vendedor farfullando entre dientes se trepó sobre la carga del burro y continuó su camino sin bajar al valle.

Casi un año después el pastor estaba otra vez en aquel paraje esperando que sus ovejas comieran los últimos pastos antes de regresar con ellas al poblado.

Su flauta sonaba un poco más grave que antaño, y más que la melancólica ilusión del distante enamorado, hoy entretenía las horas con la esperanza de encontrar pronto a su mujer con un niño en el regazo. Pronto sería la feria y el cobijo del invierno le tendría en casa hasta que las nieves se hubiesen retirado.

Escuchó el cencerro de la madrina como desplazándose un trecho más largo de lo acostumbrado, y al mirar hacia el rebaño vio que venía por el sendero un peregrino con un pequeño macuto bajo el brazo.

Se acercó a la canasta y en compañía del silencio se quedó esperando.

El caminante saludó a la distancia y recibió como saludo una seña con la mano.

El sol cortaba el cielo en dos medias naranjas tiñendo todo de dorado. El peregrino se acercó y a la voz de ¡ave! con que se presentó, Setimio le dijo ¡seas bien llegado!, y le alcanzó agua en un cazo.

Una vez sentados, el peregrino abrió su manojo y sacó de él una maza, una cuña de metal y un par de maderos de un palmo de largo.

Si quieres te hago unos suecos mientras descanso. Ya llegará el invierno y seguro que no te vendrá mal andar calzado. Sin esperar respuesta empezó a calar uno de los trozos de madera que llevaba para darle forma de rústico zapato.

Setimio le dejó trabajando y al rato regresó con un cordero, que puso sobre las brasas para asarlo.

El rítmico golpeteo fue todo lo que hablaron hasta que el olor indicó que era hora de la comida.

Después de comer, el peregrino preguntó si había cerca algún poblado.

Setimio le preguntó de dónde venía y qué es lo que andaba buscando.

El carpintero le contó entonces que estaba buscando un pueblo donde radicarse hasta que el tiempo le ayudará a olvidar a los que había perdido. Le dijo que en su pueblo había caído una horda de forasteros y habían destruido todo, matando y quemando a su paso. Que se había salvado por milagro cayendo al río luego de que toda su familia hubiere perecido. Que con el paso de algunas estaciones regresaría para reconstruir el pueblo pero que ahora necesitaba esperar un tiempo trabajando en otro sitio para no morir de pena por el estrago.

Allí abajo encontrarás Ventura, dijo Setimio, serás bienvenido y tendrás trabajo. Ventura será tu hogar.

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