Cuando éramos chicos, vuestros Nonos nos dejaban a veces viajar a Córdoba con nuestros Nonos.

En estos momentos, tengo claramente presente en la pantalla de la memoria, dos de esas aventuras. Una con el Nono Luis y la Nona Clorinda, y otra con la Nona Luisa y el Nono Juan, como les llamábamos nosotros entonces.

Con la Nona Clorinda y con el Nono Luis, la parada era a la salida de Villa María, debajo de la arboleda del predio de la Rural, y por supuesto que el menú incluía pan, salame, mates y algunas masitas.

En esta oportunidad me gustaría sacar del cofre de los recuerdos, algunas anécdotas, que probablemente pertenecieron a distintos viajes, pero que a efectos de esta semblanza pueden ser integradas en un único recuento.

Al Porlito, como nos enseño a llamarle Juan Pablo, le gustaba resaltar las cualidades de su coche. Digamos que, sus autos tuvieron, al menos los que yo conocí: desde la cucaracha roja, que tenía tal apelativo porque había sido pintado con antioxido de ese color, hasta el Valiant taxi -último móvil que tuvo el conductor-, siempre un toquecito un poco particular . . . como el propietario digamos. Ni más ni menos que un caso particular de aquella ley universal que dice: no hay prenda que no se parezca al dueño.

Él Nono siempre iba y venía a donde quería; y la verdad es que viajaba bastante y en todos los medios que tuvo al alcance. Además, con su imaginación, no sólo tripulaba la Apolo XI, sino que era capaz de hacernos viajar a nosotros con él, explicando detalladamente los efectos de la falta de gravedad, cada uno de los pasos del amerizaje, la secuencia de los paracaídas, etc.

Las expectativas de los hombres de aquellas épocas, en algunos sentidos distan mucho de las que tenemos las generaciones actuales, y fácilmente, a veces, alguno puede estar tentado a mirar con cierto aire peyorativo ciertas conductas, que con el avance de la edad se ven de modos muy distintos.

Pero a no asustarse . . . no siempre es así, la adolescencia pasa más rápido de lo que uno poco después quisiera.

Entre otras cosas, uno empieza a ver distinto porque mira distinto, y porque con el paso de los años, no sólo nos parecemos físicamente a nuestros ancestros, sino sobretodo, y tal vez por ello, también desde el punto de vista corporal, de pronto al “mirarnos al espejo” descubrimos a alguno de esos personajes que tuvieron el valor de ser un eslabón en la posta de la vida, que nos está mirando desde el espejo. Esto, que suena como aquello de reconocer al auto que pasa por la calle, sin verlo, por el olor de los gases de escape, es para mí algo muy real. Tan real que la primera vez que me ocurrió, me sorprendí sobremanera, pero después de esa experiencia les aseguro que uno empieza a descubrir rastros de los rostros queridos en muchas circunstancias propias.

La cuestión es que el Nono, como cualquiera que aprendió a conducir en épocas anteriores al tránsito promiscuo de las calzadas actuales, iba por el medio de la ruta todo el tiempo que podía. E imagino que cuando tenía otro auto detrás, no siempre se daría cuenta con la celeridad pretendida por el conductor que deseaba pasarlo, y entonces solía recibir algún que otro bocinazo “pidiendo paso”.

“Que pase si tiene máquina. Que pase si tiene máquina” era su sistemática respuesta. A punto tal que esta expresión se convirtió una muletilla entre nosotros, cuando alguna circunstancia nos permitía aplicarla haciendo referencia a una situación en la que de algún modo la reacción de cornetero, era hasta cierto punto justificada por la acción del que “se conducía al medio de la ruta”.

“Que pase si tiene máquina”, cuando la circunstancia se repetía más allá de los márgenes de tolerancia que el kilometraje rodado permitía, comenzaba a ser acompañada de otra imprecación: “todos somos argentinos y en esta tierra hay lugar para todos”. Esta última verbalización, con un tono un tanto más imperativo solía surgir siempre que un camión se le echaba encima: vicio del oficio que años más tarde sería circunstancia del tránsito del Tío Abel a la eternidad.

Cuando los bocinazos se reiteraban, la sentencia se tornaba admonición que rezaba así: “No hay que salir nervioso a la ruta. No hay que salir nervioso a la ruta”; y entonces el Nono comenzaba a prorrumpir un silvidito con sordina y al rato paraba a revisar el agua al radiador: el de la maquinita y el suyo.

Este silvosordinato entre dientes, ahora pienso que era una forma de canalizar su tensión, cuando no encontraba forma de escapar de una situación que no podía manejar.

“Mira que pique” decía cuando tenía que acelerar. De todos modos no recuerdo que alguna vez haya pasado a alguien en la ruta, a no ser algún carro de lechero de los que siempre subían a la ruta entre pueblo y pueblo.

Entre pique, máquina, silvocunductos, el omnipresente silencio mascable de la Nona Luisa, la parada en Río Segundo, y alguna fruta, llegábamos a Córdoba, y después del breve y escueto intercambio paterno filial del aterrizaje, se imponía alguna salida al mercadito del barrio.

En una oportunidad, el itinerario matinal incluyó una salida al centro histórico, antes de ir al Mercado Norte donde un descomunal gordo colorado, tipo buda escandinavo, tenía un cambalache que el Porlo debía visitar para cumplir con uno de los ritos de su viaje.

En un bar que había al lado de donde hoy está La Metro, en diagonal a la Catedral, entramos y nos sentamos a desayunar. Nosotros pedimos café con leche y una medialuna, y él un mate cocido. Llegado el momento de abonar, el Porlito, le preguntó a la moza ¿No hay descuento para colegiales visitantes?, y entregando los morlacos ante el silencio de la atendente agregó ¡qué ciudad esta! ¿cómo se van a educar a los colegiales así?

Salidos del bar, nos condujo hasta el Museo de Santa Catalina, que por supuesto a esa hora de la mañana estaba cerrado aún. “Ya no quedan tempraneros” fue su sentencia, y seguimos viaje visitando otros lugares hasta que fuimos a dar al cambalache de Mendokian.

Otro día, que tenía que ir a ver al mentado gordo Sandokian, seguramente para retirar alambre de cobre o alguna de las maquinitas que requintaba, para venderle a los gringos después de la cosecha, estacionó el Valiant en tercera fila o algo por el estilo.

La cuestión es que bajamos y nos pusimos a caminar por la calle del Mercado Norte, la que está a una cuadra de la Avenida Humberto Primo, que es para tránsito peatonal, y en uno de los puestos había una pirámide de hermosas naranjas. El Porlo se detuvo frente al vendedor, pidió una docena de naranja, y el cordobés, en lo que hoy sé es una típica jugada, le empezó a poner naranjas del lado de atrás, es decir, que no se veían ni estaban en la mencionada pila.

Inmutable en su convicción, el Nono dijo “quiero de estas de acá”  y barajó una naranja de la parte media de la pila. El grone no alcanzó a salir de su posición privilegiada para la venta selectiva, cuando la escultórica pirámide comenzó a desmoronarse, lo que hizo que el pícaro vendedor saltara hacia “afuera” como muñeco con resorte, prorrumpiendo en sones recordatorios de la Nona Dilo, cargados, no precisamente de gregorianas adjetivaciones.

Impertérrito su rumbo, el Porlo, casi precedido por los colegiales visitantes, que en ese momento nos habíamos transformado en gringuitos fuyentes, retomaba el original derrotero, cuando después de haber recorrido unos saludables metros del cítrico epicentro, se comienza a escuchar una masiva bocinada a nuestras espaldas. “Nono el Valiant” dijo alguno de nosotros. El Nono se dio vueltas e inmediatamente cambió de rumbo. Cruzamos a la vereda de enfrente, aunque el verdulero ya no nos seguía con la vista ni con el prosaico recitado, sino que miraba en dirección al vórtice sonoro, hacia el cual, de pronto también nosotros, nos empezábamos a dirigir.

Supongo que desde la altura de su magrullo, el Porlito vio el bolonqui desde el primer momento. Yo, lo que recuerdo, es que había un camionazo atravesando la calle, a la izquierda del Valiant, y que a paso militar cruzamos por delante de la fiera rugiente, como atravesando la pared de la desibélica cascada sonora, con los ojos como los de la leona de la MGM y el aura por delante del cuerpo.

El camionero estaba sacando medio cuerpo por la ventana mientras preguntaba en el tono y vocabulario clásico, de esas clásica situaciones en las que clásicamente se ven involucrados, ¿quién era el viejo. . . que había dejado esa “belleza” al medio de la calle?

El Nono, cual si fuéramos a izar la bandera en Plaza de mayo, nos hizo subir a la parte de atrás del auto, ocupó su puesto de conductor, pedaleó el acelerador el reglamentario par de veces, como si estuviese por poner en marcha uno de los biplanos de su colimba, arrancó la maquinita y empezó a maniobrar para salir. “Que gente nerviosa esta de la ciudad” fue el lacónico comentario.

La estridencia de las bocinas y la claridad de las maternales invocaciones del camionero, a contravoz con el silencio del pasaje, resonaban en el habitáculo con la claridad acústica propia del teatro Colón. Los vidrios permanecieron cerrados hasta que alcanzamos las márgenes del proverbial Suquía.

Frustrado el tour céntrico, nos dirigimos a Alta Córdoba, pasando por lo que años después reconocí como las proximidades del Ferrocarril, precisamente por el típico paredón que enclaustra las vías del tren en la zona de la ciudad.

No recuerdo si preguntó como salir hacia Saldán; pero bien podría ser, ya que Saldán era una de las excursiones míticas que siempre integraban el tour mediterráneo. Viajar a Córdoba y no ir a buscar agua a Saldán, era como para un musulmán ir a Arabia Saudita y no visitar la Meca.

A la pregunta del Porlo, el típico chaveta contestó “agaye el paredón y siga”.

Al Porlo no se le ocurrió mejor cosa que explicitar el chiste que contenía la contradicción silogística del grone y decirle: “Si agayo el paredón no puedo seguir”; y emprendió la marcha, repitiendo todo el camino “agaye el paredón y siga. Qué ocurrencia, jejeje ¿cómo vamos a seguir si nos agarramos el paredón”.

Como hemos mencionado antes, este recuento pone en las mismas páginas, aventuras que acontecieron separadas en el tiempo, pero que el recuerdo une en este relato, sin otra pretensión que alentar la memoria de lo que llevamos como parte de nuestra codificación genética y familiar.

Con esa salvedad en mente, y haciendo tela común de lo que fueron hebras en los hechos separadas, pero en el telar de la memoria son trama concurrente, las olas del recuerdo traen a la costa de la conciencia, otra oportunidad, en la cual nos llevó a varios nietos a Saldán.

El benjamín y actor estelar de aquella expedición fue Juan Pablo. A la sazón, casi un bebe . . . todavía de pañales y biberón. Juan Pablo era un pibe repiola (tal vez no le quedaba otra jejeje), pero era también un pibe renormal: es decir, tenía que comer, dormir . . .  y cada tanto, por su higiene y por una cuestión de ecología social, había que cambiarle los pañales.

La excursioncita trascurría normalmente. Luego del llenado de damajuanas en la vertiente, hicimos camping junto al río, bajo los arcos del segoviano acueducto de Saldán. Comimos el reglamentario pollito asado con ensalada rusa, fruta, y apareció en escena la promesa de una parada en La Alpina, frente a la catorce, para degustar un heladito de regreso a la Docta.

Después de comer, el Juanpi, angelicalmente se durmió en el asiento trasero del Valiant, el Nono hizo su caminatita por los alrededores, y los shalames hicieron sapito desde la costa del arroyo.

Rejuntados luego, los bártulos utilizados para la comida, emprendimos el regreso. Pero hete aquí, que Juanpi, que se había despertado al momento de la partida, tuvo necesidad, y saludablemente así lo hizo, de completar su ciclo natural. Con lo cual, a poco de andar, a las ventanas ya bajas por la temperatura de la época, y no siendo la maquinita una viture descapotable, el Nono agregó el aire forzado del ventilador y calzó en posición de apertura máxima los ventiletes. Claro, el ambiente quedó adobado a punto tal, que no sólo el silencio se podía mascar.

Recuerdo que pasamos frente a La Alpina, seguramente mi principal preocupación a pesar de la tensión semi bélica del transportador, con el Porlito sacando el brazo por la ventana y haciendo señas con su sempiterno y emblemático pañuelo cuasi blanco.

Creo que fue en esa oportunidad donde quedaron registrados los títulos, de la luego famosa película “El largo regreso a casa”, y también de la popular serie televisiva “Emergencia sanitaria”.

En orden a completar esta proyección, en breve pondremos en escena, con la intercesión de Don Vencí, el capitulo titulado “Cinema Paradiso”, y no se olviden de pedir en el próximo encuentro familiar, por lo menos, que el Tío Luis nos cuente “La ley de Homs” y el Tío Diego “La travesía en cubierta”, o tal vez a la inversa, para lograr mayor realismo en la tensión dramática de los recuentos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: