Fatima 1

El día 19 de agosto del año dos mil dos, octogésimo quinto aniversario de la cuarta aparición de Nuestra Señora del Santo Rosario a los pastorcitos de Fátima, nos fue providencialmente  regalada la posibilidad de visitar el Santuario, participando de la Misa y  de la peregrinación desde Cova de Iría a Loca do Anjo.

Partimos de Torrent el Domingo 18 a primera hora. La ruta que nos planteamos para el viaje de ida, tenía como puntos de referencia Albacete, Ciudad Real, Badajoz y de allí a Fátima. De regreso pensábamos parar en Nazaré, de allí a Lisboa y vuelta a casa.

La primera parada se hizo en Ossa de Montiel, estribaciones de La Mancha, donde compramos queso manchego, salame local y pan casero, con lo que hicimos la primera comida del viaje a orillas de la laguna de Ruidera a las afueras del poblado del mismo nombre. Continuando este camino por pequeños poblados, después de Ciudad Real, se llega a Herrera del Duque, donde se entra en una zona de sierra, recorriendo el camino de los embalses que termina en Santa Amalia.

merida_teatro_romanoAlrededor de las cinco de la tarde, llegamos a Mérida, capital de Extremadura, ciudad fundada por soldados romanos en el siglo V. Nos alojamos en el Hotel Zeus, fuimos a Misa y luego al teatro Romano de la localidad, donde se realizaba el “décimo sexto festival folclórico de los pueblos del mundo”. Esta velada estaba montada a partir de la presentación de grupos de representantes de Rusia, Brasil, Panamá, Murcia y un conjunto local. Lo que queda del teatro romano de Mérida se conserva tal cual, es decir, no se ven excrementos de leones, pero lo que hay para ver es original y es mucho, está tal cual el paso del tiempo lo ha dejado. Una obra magnífica de ver y disfrutar. Junto al rastro de los siglos se ve, aún con bastante nitidez, el rostro tallado antaño por los que recibieron estas tierras como regalo del césar. Parece que fue un regalo con olor a destierro, pero no estaba mal elegido el sitio a orillas de un río que trae agua con holgura aún para estos tiempos.

Lunes temprano partimos luego de comprar elementos de desayuno. Desayunamos en la última estación de servicio que hay sobre la autopista antes de la frontera en un pueblo donde se produce y transporta gran cantidad de tomate perita, y que como en Leones había cereal en las banquinas o en Malagueño piedra y cemento, acá al parecer los camiones cada tanto pierden algo de su carga dejando orladas con tomates y salsa más de una curva o banquina.

El cambio de país queda evidenciado por un cartel que dice “Portugal” inmediatamente después de cruzar el río Guadiana; fuera de eso y aunque quedan vestigios de lo que se puede ver fue infraestructura de un paso de frontera, nada patetiza in situ el tránsito de un país a otro. Comparado con otras fronteras que nos fue dado cruzar en ocasiones pretéritas la sensación fue inusual, porque aunque nos habían dicho que no hay controles al cruzar de una país a otro, noté que estaba tensionado esperando el paso, he incluso después de andar un rato en territorio portugués tomé consciencia de que seguía tenso esperando algún tipo de parada o control. ¡Viva Ciudad Reynosa y los menjucos barajo!

Sin embargo, en cuanto se sale uno de la autopista, se ve rápidamente que Portugal es otra realidad, en la que, visiblemente, se conservan aún algunos perfiles que desde otras veredas se pueden llamar de antaño. Las viudas de negro, los animales a campo abierto, los autos no tan nuevos y todas las casas pintadas, de blanco en general, y muchas de esos otros colores inconfundibles que al parecer los portugueses llevan en el alma y reproducen donde sea que les toque vivir, y por los cuales,  fácilmente identificamos una vivienda al verla, como una casa portuguesa. Esto no es otra cosa que una generalización hecha sobre la base de pinceladas de realidad vista aquí y allá, y en cuanto tal es parcial  e imprecisa, además como cada uno ve lo que quiere ver, puede que algún otro tenga de Portugal la exacta opinión contraria. De todos modos, aún en la breve pasada por Lisboa, la idea que nos queda, es que en general la gente se presenta y conduce con un nivel de recato superior al visible en otros lares.

Llegamos a Fátima al mediodía, con tiempo suficiente para ubicarnos en el Hotel Lagoa, ir caminando a hacer la primera visita al Santuario donde asistimos a Misa y luego comer a las 18 horas. Por la tarde, una peregrinación desde Cova de Íria a Loca do Anjo, que se inició a las 2130 y concluyó cerca de la medianoche y durante la cual rezamos el rosario completo en varios idiomas, incluidos el inglés, el francés, el castellano y el italiano.

Como es de suponer, en Fátima habrá de todo, sin embargo la Fátima que nosotros experimentamos puede muy bien quedar simbolizada en la figura y la actitud de Sergio (Seryo), el hombre que atendía el hostal en el que paramos. Sencillez, limpieza, respeto, deferencia habitual y consideración familiar. “Obrigado. Es lo que facemos por todos os que vienen acá. Esta es su caça” me dijo cuando le di las gracias al despedirnos. ¡Obrigado Seryo!

El santuario en Cova de Íria, como un gran espacio que resguarda la encina y el lugar de las apariciones, está preparado para multitudes de todas partes del mundo y por sobre todas las cosas se destaca en mi memoria la sencilla capilla abierta en medio de la explanada y al lado de la encina donde a toda hora hay misas en todos los idiomas a la que asisten gentes de todas las condiciones. Las fotos de Jacinta y Francisco, los dos pastorcitos llamados temprano a la Casa del Señor, actualmente colocadas junto a las torres de la basílica, parecen reafirmar que el mensaje del Nazareno ha sido dado para la gente humilde y sencilla. Su figura no puede ser confundida con el boato que se ve en otras circunstancias.

Lo primero que hicimos al llegar fue asistir a Misa en Acción de Gracias, recorrimos un poco los distintos lugares del santuario, estuvimos en la basílica y alrededor de las seis de la tarde la esperada comida. Regresamos al hotel, nos bañamos, descansamos un rato y volvimos a la explanada del santuario, donde Benji hizo de rodillas, en nombre de toda la familia, por los Nonos y Horacio (según su propia explicación) una peregrinación de rodillas desde la entrada hasta la capilla. Así se hizo la hora de salir hacia el lugar de la aparición cuyo aniversario se celebraba este día.

Loca do Anjo está en una colina a la que se llega luego de una marcha zigzagueaste por entre el monte bajo en el que aún hoy pastan las ovejas, y cuyo recorrido ha sido empedrado en gran parte y en donde se han levantado pequeñas capillas con las estaciones de Vía Crusis. Acá aconteció la aparición del 19 de agosto de 1916, porque el día 13 de agosto, el habitual de las visitas de Nuestra Señora del Santo Rosario, los pastorcitos habían sido retenidos por el administrador político de la aldea y conducidos a otro villorio para ser interrogados. Como se ha indicado, fuimos en procesión rezando el Rosario y entre las anécdotas, quedarán en la memoria el cansancio de Benji, que tras un largo día esperaba las letanías después del quinto misterio como signo de que nos arrimábamos al final de la caminata, y fue sorprendido, o mejor dicho verbalizó la sorpresa de las crinças, cuando tras el quinto de dolor, empezamos a rezar el primero de gozo, con lo cual quedaba en evidencia que sólo habíamos recorrido un tercio del camino. Luego, en la desconcentración de la muchedumbre, pretendiendo apurar un poco el regreso, tomamos por una calle que salía desde un terreno en el que había algunos autos estacionados, pensando que como era una vía más ancha que la pedestre que habíamos recorrido al subir, podríamos llegar más directamente al hotel para darle tregua a nuestros cansados pies . . . bueno . . . la cosa no fue exactamente así . . . seguidos por un español tipo Frank Miller terminamos bajando por el lado opuesto de la colina. . . con lo cual hicimos un rodeo a marcha forzada a la una de la mañana y llegamos al hotel al mismo tiempo que a paso regular pasaban por el frente del mismo, los grupos de peregrinos de los que nos habíamos separado. Moralejas de libre elección . . . y una nota marginal: yo creo que los pastorcitos vieron lo que dicen que vieron . . . y cada día estoy más convencido del papel fundamental de la creencia en la vida del hombre . . . se me hace que el que no cree en algo termina sin siquiera poder respirar.

Al día siguiente nos levantamos, unos temprano como la mula del RIM 26 y otros un poco más entrada la mañana y desayunamos en el comedor del hotel. A las 10 salimos para el Santuario, y Agustín y el relator aprovecharon para limpiar un poco la mochila yendo al confesionario en español y luego todos fuimos a misa y a comprar algunos souvenirs alusivos.

Llegado el mediodía y después de visitar el museo de cera de las apariciones, salimos a recorrer los poblados aledaños a Fátima, muchos de los cuales ofrecen como atracción turística la posibilidad de entrar en sus grutas naturales, casi todas anunciadas como “as maiores” o “as mais bellas grutas de Portugal”. Nosotros fuimos a recalar a Mira de Aire donde han encontrado la forma de hacer una serie de piscinas circulares con niveles distintos en una ladera, para las cuales usan el agua de las cuevas. Visto el precio de las entradas a las Cuevas de Mira de Aire y leídas las características de las mismas, nos pareció mejor optar por las piscinas. Mamá y los muchachos disfrutaron del agua, el sol y los toboganes acuáticos mientras el suscribiente se dedicó a leer y tomar sombra hasta que al caer de la tarde emprendimos el regreso, pasamos por un super a proveernos de pan, queso y fiambre y llegamos al hostal a cenar en las habitaciones antes de iniciar nuestro nocturno descanso.

A la mañana siguiente levamos anclas de Fátima, rumbo a la costa, con destino a Nazaré. De camino pasamos por Batalha, donde visitamos el monumental Mosteiro de Santa María da Vitória cuya construcción se inició en 1388. Durante trescientos años, desde Joao I a Joao III, pasando por toda la parentela que reinó entremedio, los monarcas portugueses continuaron la construcción de este magnífico monasterio que Joanin primo había prometido a la Virgen si le ayudaba a ganar la batalla de Aljubarrota a los españoles el 14 de agosto de 1385. Este monasterio fue construido en varias etapas, lo cual no atenta contra la unidad estilística del gótico que lo caracteriza. Un hermoso ejemplar de Iglesia de finales de la Edad Media que merece ser visitado y que se conserva austeramente sin mayores cambios.

Del Nazaré del relato leído antes de partir queda poco y nada. Diez años han sido suficiente para convertir las playas de este poblado en un tugurio repleto de carpitas con menos espacio entre ellas que las que tiene sus símiles en las playas de Mar del Plata en plena temporada. Así que, visto lo visto, seguimos bordeando la costa en busca de lugares con menor nivel de contaminación humana.

Al promediar la tarde y aún con el sol en plena vigencia llegamos a Óbidos, villa amurallada fundada por los Celtas en el 308 antes de Cristo y en cuyas proximidades, en 1808, Napoleón sufrió la primera de sus derrotas en la Guerra Peninsular. Óbidos fue conquistada por los romanos, ocupada por los visigodos y luego por los moros, reconquistada por Don Alfonso Henriqués y finalmente ofrecida por Don Alfonso II a su señora Doña Urraca en 1210, año a partir del cual fue villa de las reinas portuguesas. Pintoresca villa amurallada que se puede recorrer caminando y está llena de atractivos entre los que destaca la colorida cerámica del lugar. Las vistas son hermosas, tanto de la naturaleza entorno, como de la villa a la distancia o su interior de laberínticas callejas.

Las sombras de vesper se hacía cada vez más intensas mientras llegábamos a Sintra con su Palacio Nacional, famoso por las descomunales chimeneas que techan la cocina del mismo e identifican la villa situada en medio de una zona verde de forestación cuasi tropical. No hay plazas disponibles en Sintra, todos los alojamientos están completos, nos dijo una señora que atendía el mostrador del Hotel Central, pero nos recomendó otro a quince kilómetros bajando para el lado de la costa. Finalmente, pernoctamos en un hotel tipo Automóvil Club que quedaba unos kilómetros antes del indicado y cuyo precio era menos inapropiado para nuestra flacas alforjas y más acorde a nuestras expectativas un poco anti amontonamiento. El Mantovani resultó un lugar muy lindo y su desayuno incluido más que bienvenido a la mañana siguiente, con agua caliente para el termo matero y todo.

Cabo da Roca, el punto más occidental de la Europa continental estaba a corta distancia y antes de subir a recorrer Sintra nos llegamos hasta esta extremidad europea, que coronada por una cruz mira en dirección a casa, como nosotros entonces ávidamente miramos. En medio del viento frío que recorría la costa, alta en ese punto, sentimos la tibieza que al ánima y al rostro llega de la mano de la melancolía que hecha de menos y sueña con algo que en esos momentos sólo se ve con los ojos del alma. Nuestro paso por Cabo da Roca fue corto, pero la memoria que trajo a la presencia, fue larga y patente en el tono que tomaron las conversaciones siguientes, mientras siguiendo el recorrido de unas viejas líneas férreas fuimos llegándonos hasta el centro de Sintra.

Sintra debería ser motivo de todo un estudio y su correspondiente relato. Por el momento sólo queden estás pinceladas proporcionales a nuestra visita. Obviamente esta villa es fruto de la riqueza. En medio de una naturaleza exuberante y generosa se alzan casonas, palacios y construcciones que reflejan la presencia de una capacidad material que se aprecia superior al entorno portugués, y a la vez revelan el temple de una época ya, no sólo pretérita, sino desconocida para nosotros. Si alguien espera encontrar las desproporciones a las que nos hemos acostumbrado de la mano de la máquina mediática de lavar cabezas, se llevará una decepción; pero si se piensa que Sintra era una Villa de descanso construida a partir del mil quinientos y a la cual los monarcas se llegaban un par de semanas al año con sus cortes y cortesanos, uno puede hacerse una idea de que los recursos no eran escasos, pero que la vida, aún para aquellos que tenían el poder, no era precisamente de lo más cómoda.

El Palacio Nacional valía la visita, cuyo recorrido concluyó en la cocina de las emblemáticas chimeneas. El Palacio tiene una serie de estancias interiores y jardines, en tres niveles, entre las que se destaca la trabajada Sala de las visitas. En ella, no hay un solo centímetro libre de bellas pinturas a excepción del hermoso andamiaje de madera que hace de soporte y armazón del techo interior. No hay baños, ni letrinas, ni aguas corrientes como en otros edificios de la época, sin embargo la cocina parece ser única en su tipo. La misma, está conformada por dos habitaciones de forma circular de unos doce metros de diámetro, que comparten a modo de arco y conexión entrambas un cuarto de su perímetro. En su interior se ven una serie de hornillos de distinto tipo, ya para cocinar dentro, ya para cocinar sobre ellos, un horno metálico hecho para conservar la comida caliente, un par de mesadas de piedra con huellas del trabajo de los cuchillos, y un trípode de hierro de unos tres metros de largo por un metro de alto que soporta varias palancas rotativas para asar enteras las piezas de animales cazados. Todo ello funcionaba a leña; leña acarreada hasta la misma puerta de la cocina por una rampa que remonta el nivel del terreno hasta el nivel del piso donde está emplazada la cocina. Las paredes ascienden verticales la altura de las dos plantas que separan el piso de la cocina del techo del edificio, y a partir de allí comienza a reducirse gradualmente el diámetro hasta culminar treintiséis metros más arriba, en un orificio de un metro. Curiosa solución para el problema del humo que seguramente abundaría a la hora de máxima producción, y seguramente sería, para los cocineros, una compañía permanente mientras hubiera en la casa barrigas cortesanas o lacayas que saciar.

De allí partimos tranquilos rumbo a Lisboa, que como toda gran ciudad tiene un perfil característico de ciudad capital, y también su perfil típico. Nosotros nos conformamos con percibir el primero y con eso no alcanzó por esta vez para completar el periplo. Un breve recorrido, una parada en el verde parque central, un par de intercambios informativos con algunos transeúntes y en la oficina de turismo, dieron por satisfecha nuestra curiosidad citadina y emprendimos el retorno directo a casa.

De la vuelta del Martín Fierro, merece mencionarse el monumental puente Vasco da Gama, el recorrido sin tregua de los mil y pico y dos paradas accesorias. Una en Herrera del Duque: la visita a un bodegón subterráneo en el que una familia en pleno, sirve vino casero bien frío, salame, queso y morro a la parrilla; y la otra, unos cuantos kilómetros más adelante, a orillas de la ruta entre las dos y las tres de la mañana para darle una pequeña treta al sueño. De allí en más, cargar combustible con la compañía y ayuda de Joaquín, navegante de turno, y meta pista hasta que a las siete treinta de la mañana llegamos a Torrent a dormir como Dios manda.

En fin; otra aventura para contar o para recordar si los años y Dios lo permiten; y un montón de gratitud en el corazón por todos los que de una manera un otra nos acompañan y hacen que esta Vida sea con todo lo que conlleva, una Bella Vida Compartida.

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